—¿En dónde vive?—estalló Sara, con la boca de oreja a oreja.

—En San José de la Dormida, pues. Un pueblito, allá por...

El nombre del pueblo suscitó una serie de chistes que estremecían de placer a Sara. Panchito rogó a las muchachas que se condujeran bien. No quería que su parienta se enterase. Y luego echó a todo el mundo, porque iba a seguir durmiendo.

A la tarde, Grajera y Belderrain entraron en la pieza de Nacha, enfermos de risa. Ocurría que habían encontrado a Sara en gran amistad con la cordobesa. Sara, recostada, con las piernas al aire, oía las cuitas de la señora, los interminables relatos de sus enfermedades, el temor de una grave operación que iban a hacerle.

Doña Lucía estaba encantada con sus nuevos huéspedes. La cordobesa le dijo que había preferido esa casa porque sabía que se trataba de personas muy cristianas. La vieja agradecía, cambiando de colores incesantemente. Pero sus nuevos huéspedes la obligaban a darles bien de comer. Y contra su deseo vióse en el caso de exigir a Nacha el pago de su pensión.

Nacha quedó muy triste. Pero comprendió que doña Lucía estaba en su derecho. No podía permanecer allí sin pagar. Pasó la noche cavilando. Imaginó mil recursos: jugar, comprar un billete de lotería, pedir prestado. Al día siguiente continuó sus fantasías. Pero a las dos de la tarde se vistió de calle y se dirigió a la casa de la Sanmartino. A Julieta no quiso decirle nada. Tenía vergüenza de que supiese. Pero no por el hecho en sí, no por la venta de su persona; sino por la traición—que eso significaba su acto—hacia aquel amor tan bello, que parecía ennoblecerla y purificarla ante los ojos de las demás muchachas de la casa.

Nacha conocía de otras épocas a la célebre Juanita Sanmartino. Era italiana y parecía hermana de la reina Victoria. El mismo empaque, la misma nariz ganchuda, el mismo peinado fantástico y un poco ridículo. Tenía como la Annette una hija. Y para lograr la futura honestidad de su hija comerciaba con la deshonestidad o con la desgracia de otras mujeres. La hija estaba allí, entre las muchachas. Era una chica de catorce años, bonita, ingenua, inocente. El poder de la inocencia es tan grande que subsiste aún en medio de los pecados más visibles. La hija de Juanita no era tonta, pero no comprendía nada. En su candor adorable creía que aquellos hombres y mujeres eran simples amigos que se encerraban en los cuartos para hablar de secretos. Nacha volvió de casa de Juanita aplastada, vencida. Pagó unos días de la pensión y después fué a su cuarto y se echó sobre la cama, llorando.

Una presencia extraña la hizo levantarse. Ana María estaba frente a ella, más desencajada que nunca. Nacha dió un pequeño grito. Ana María quiso tomarle una mano. Pero Nacha, horrorizada del contacto, se estremeció.

—¿Por qué... me... tiene... miedo?