—As de oros y cuatro de bastos—dijo la mujer.—Esto significa el fin de una enfermedad. Pero aquí está también el cuatro de copas. Es el triunfo amoroso. Y triunfo completo, porque el dos de copas, ¿lo ve?, indica proposición de casamiento. Después... Ah, aquí aparece una mujer morena, y una grave enfermedad.

—¿Una mujer? No puede ser, fíjese bien.

—Es una mujer. No dice que haya amor. Pero es una mujer, señorita.

Nacha estaba pensativa, buscando la exacta interpretación de todo aquello. ¿Estaría enfermo Monsalvat? ¿Querría tal vez a otra mujer? Esta idea le fué insoportable. Preguntó por lo que le interesaba más, por el paradero de Monsalvat.

—Aquí está el rey de bastos, que quiere decir hombre moreno, firme y generoso.

—¡Él es, él es! ¿Dónde está?

—No se sabe dónde está. Pero aquí tenemos el dos de espadas, señorita. Esto es carta, noticia, llegada de una persona. El hombre moreno le va a escribir o va a llegar de un momento a otro.

Nacha pagó con gusto los cinco pesos que la mujer le cobró. Era el último dinero que le quedaba. Pero era feliz. Todas las cosas le hablaron de esperanzas desde ese momento. Varias veces al día imaginaba que Monsalvat aparecía en la casa. Al día siguiente, como adivinara la llegada de nuevos huéspedes, salió al patio. Quedó asombrada al saber que un matrimonio, y una hija como de doce años, parientes de Panchito, habían llegado de Córdoba. Después que los huéspedes se instalaron, todas las muchachas y algunos hombres se metieron en el cuarto de Panchito. Querían enterarse. Panchito, medio dormido todavía, recibió acostado a sus visitantes. Grajera, en una cama opuesta, roncaba. Sara intentó despertar a Grajera. Propuso hacerle cosquillas, destaparlo, echarle agua. Pero las demás muchachas se indignaron.

—¡Qué quieren que haga!—exclamaba Panchito, con su acento cordobés.—Este animal se viene aquí. Yo le he dicho lo que es esta casa. ¡Y se ha quedado, no más! Pero no me explico cómo... ¡Ah, ya sé! No había caído. Es cosa de mi vieja, claro. Como yo le escribo que estoy en una casa muy decente, de una familia muy cristiana, donde me hacen confesar dos veces por mes, la vieja le habrá dicho a este bruto, a este rural, que vive en el campo, en San José de la Dormida, que venga a parar aquí.