Una tarde, cuando Julieta regresó de la casa adonde iba todos los días, Nacha le pidió consejo.

—Yo quiero ser buena—le dijo a Julieta, que la escuchaba melancólicamente.—Es por él, vos sabés... Me ocuparía en cualquier cosa, entraría en alguna tienda... ¿Te parece posible que yo sea buena?

Julieta sonrió con su natural dulzura y tomándole una mano se puso a acariciarla, mientras sus ojos se fijaban en el suelo.

—¿Por qué no me contestás? ¿Te parece imposible que yo... que una mujer... por amor, pensando en un hombre a quien se adora...? ¿Imposible? Decíme la verdad. Mirá, si no me la decís, si no me hablás con el corazón... no sos mi amiga... ¿Es imposible, sí?

—Sería posible si dependiese sólo de nosotras. ¡Pero la gente nos pone tantas dificultades! ¡La gente no quiere que nos volvamos buenas, Nacha!

Las dos sabían cuán verdadero era esto, y permanecieron un largo rato silenciosas, profundamente tristes, doloridas, mirándose como dos hermanos que han perdido a la madre.

No obstante, Nacha tentó un último recurso: buscar a Monsalvat. Iría hasta el fin del mundo, hurgaría por debajo de la tierra. Preguntó a los dos estudiantes que vivían en la casa, un par de bandidos y haraganes que por nada se interesaban. Uno de ellos, el mono Grajera, un negrito petizo, feo y charlatán, estudiante crónico de Derecho, vividor, tramposo, conferencista sobre la tuberculosis en Catamarca, profesor de patines en San Luis, periodista en Jujuy, actor del teatro criollo en Santa Fe, inventor de un sistema para no pagar en los hoteles y pensiones, era gran amigo de Nacha. Se habían conocido hacía años, en la casa de huéspedes de su madre. Grajera fué amigo de Riga, y de ahí la simpatía de Nacha por Grajera, que era además muy gracioso y divertido. Nacha le encargó que averiguase el domicilio de Monsalvat. Grajera tenía buena voluntad. Lo que le costaba era acordarse del encargo, realizar las gestiones. Así es que nada consiguió.

El otro muchacho, estudiante nominal, pues nada estudiaba, era un cordobesito Belderrain, hijo de un célebre abogado y juez, de un hombre austero cuya muerte fué en Córdoba un duelo general. Panchito, echado de su casa, volvió a Córdoba cuando la muerte de su padre. Ahora estaba otra vez en Buenos Aires, incorregible como siempre, carrerista, mujeriego, entrampado en todas partes. Nacha le pidió también que averiguase de Monsalvat. Pero Panchito no pensaba sino en el programa de la próxima carrera, en redoblonas y candidatos y en otros asuntos turfísticos. En un cuaderno apuntaba los detalles de las carreras: la velocidad del viento ese día, el peso de cada caballo, el estado de la pista y cuanto es posible imaginar. No obstante tanta ciencia en carreras, Panchito perdía infaliblemente.

Viendo que por medio de sus amigos nada lograría, Nacha recurrió a una echadora de cartas. Era una mujer horrible, amarillenta de cara, de expresión estúpida. Se la recomendó Sara, diciéndole que la mujer ésa adivinaba todo, que a ella nunca le había fracasado. Nacha la llamó a la casa. Y ahí estaba, llena de ilusiones, emocionada, silenciosa, esperando el fallo de la individua.

La mujer sacó una baraja mugrienta, mezcló las cartas e hizo cortar a Nacha con la mano izquierda. Luego, con las diez y ocho primeras cartas que salieron formó una cruz de aspas, mientras decía en voz baja unas palabras que Nacha no entendió. Después hizo tres montoncitos y fué descubriendo las cartas. La mujer pensó un rato. En tanto hablaba, iba señalando las cartas.