Y quedaban todas tristes, pensativas, imaginando aquella historia de amor y recordando otras historias en que ellas fueron protagonistas. Pero ninguna como la de Nacha, que les parecía más hermosa que los folletines. Y tanto les fascinó el amor de Nacha, que todas llegaron a envidiarla y a desear algo semejante, aunque les tocase sufrir como ella y aunque padeciesen hambre y enfermedades.
La patrona de la casa, doña Lucía, era una viejita pequeña y silenciosa. Tenía dos piezas bien arregladas, pero sin gusto. Allí pasaba todo el día leyendo. No comía con sus pensionistas. Era tan tímida que no se atrevía a visitarlos ni a buscar su amistad. Pertenecía a una familia provinciana muy principal, pero ella usaba otro apellido. Parecíale que, dada la clientela de su casa, desprestigiaría a su familia llevando su verdadero nombre. No era que en Buenos Aires fuere muy conocida su familia ni menos que doña Lucía tuviese demasiado afecto a sus parientes. Era que la viejita tenía un respeto supersticioso por las buenas familias, y antes se dejara matar que contribuir, al descrédito de un apellido que ella creyese ilustre. Algunas de las muchachas habían logrado sacarle ciertos detalles de su vida. Viuda de un militar que murió loco, perdió luego a su única hija. Pobre, sola, olvidada de sus parientes que no tuvieron ninguna consideración para con ella, se instaló en la pensión de una amiga. La pensión fué decayendo poco a poco, recibiendo una clientela equívoca. Doña Lucía no miró aquello con buenos ojos, pero no se hubiera nunca atrevido a hacerle a su amiga una observación. Cuando su amiga murió, ella se quedó con la casa. Estaba resuelta a no admitir sino gente honesta, recomendada. Pero su timidez le impedía reclamar las recomendaciones o dudar de su legitimidad. Crédula, además, aceptaba cuanto le decían las muchachas. Al cabo de los años terminó por habituarse a su clientela. Las muchachas respetaban y admiraban a aquella señora de aspecto severo, que frecuentaba las iglesias y tenía parientes encumbrados.
Cuando Nacha pudo levantarse, visitó a doña Lucía. Se le entró en su cuarto, tranquilamente, sin mayores preámbulos. La viejita, a quien aquellos procedimientos intimidaban, no sabía qué decirle. Pero eso no era obstáculo para Nacha, que tenía la confidencia fácil y gustaba referir su historia. Agradeció a doña Lucía sus atenciones con motivo de su enfermedad, las copas de Oporto, los remedios pagados a la farmacia. Doña Lucía la enteró de que todo eso fué costeado por tres muchachas: por Julieta, por Sara y por Ana María. Nacha quedó asombrada. ¿De modo que aquellas muchachas, que quince días atrás no la conocían, se sacrificaron por ella? Recordó las escasas ganancias de Sara, que recorría las calles del centro y cuyo terror de la policía impedíale manifestarse a los transeúntes; la vida de escasez de Julieta, que frecuentaba una casa muy reservada, donde ganaba poco; la mala salud de Ana María, que debía gastar tanto en médico y en remedios, y comprendió que las tres se privaron de satisfacer necesidades esenciales a fin de que a ella nada le faltase durante su enfermedad.
Pero lo que más le asombraba—pues ella hubiese hecho lo mismo que Julieta y Sara, ya amigas suyas—, era la intervención de Ana María. La había visitado sólo dos veces, en los diez días de su enfermedad. La primera vez entró en el cuarto con Julieta. Nacha se impresionó desagradablemente. Ana María semejaba un espectro. Muy flaca, desencajada, amarilla, con los ojos enormes y como asustados. Nacha la creyó tuberculosa. Tenía un tipo fino, de persona aristocrática. Nacha, durante aquella primera visita, casi no habló por mirar la flacura de Ana María, la piel transparente de sus manos, sus hombros puntiagudos, su pecho completamente liso. Hablaba Ana María con una voz rara, lenta, melancólica, con quién sabe qué acento de ultratumba. Las otras muchachas jamás pudieron obtener datos sobre su vida. Aseguraba llamarse Ana María González, pero no era verdad. No tenía ninguna ilusión, ni voluntad de vivir, ni le interesaba nada. Julieta, por un amigo, supo que Ana María había vivido algunos años con verdadero lujo. Había sido lo que se llama una gran cocota. Espléndida casa, dinero en abundancia, automóvil propio. Y después, hacía pocos meses, de golpe, la decadencia. Había en su persona algo de misterioso que impresionaba a Nacha. La segunda vez que se vieron, fué a una hora en que Nacha encontrábase sola en su cuarto. Ana María, mirándola fijamente, con sus extraños ojos muy abiertos, quiso que Nacha le contara su historia. Nacha refirió todo, desde que dejó la casa de su madre. Ana María no se interesó por nada de esto, y no escuchó siquiera. Pero cuando Nacha comenzó a hablar de Monsalvat, Ana María fué toda oídos. Escuchaba con toda su alma, con todos sus sentidos, con todos los átomos de su cuerpo. Cuando Nacha concluyó, Ana María se fué sin decir palabra. Salió del cuarto como una sonámbula. Nacha comprendió que un pensamiento absorbente la envolvía, la hacía enmudecer, guiaba sus pasos, atraía sus ojos.
Desde esa tarde, a los tres días de llegar a la casa, Nacha no volvió a ser visitada por Ana María. Con Julieta y con Sara solían hablar de ella. Julieta—una gordita sonriente y suave, de ojos aterciopelados y llenos de sombra y de labios muy rojos—conservaba aún restos de pudor. Era soñadora y esperaba en una pasión que viniera a salvarla. Sin embargo, tenía a veces una expresión melancólica y solía manifestarse pesimista. Pero no se consideraba vencida, y había logrado reducir sus relaciones con los hombres al mínimo indispensable para pagar la pensión y otros pequeños gastos. Trataba de agradar a los mejores que conocía—los más serios y los más buenosmozos—a fin de que ellos la prefiriesen. De este modo, sólo se veía con dos o tres amigos. Y esto hacía que las otras muchachas la considerasen como una mujer honesta. Una de ellas era Sara. Tenía Sara todo el aspecto de una muchacha caída en el más espeso y profundo lodo. Se dijera una fruta podrida. Pero no era así, pues no llevaba un año de perdición. Parecía gastada por el vicio. Gustaba de oir cuentos picarescos, de hablar obscenidades. Cuando en el comedor alguno de los hombres que vivían en la casa les daba a las muchachas una broma arriesgada, Julieta bajaba la cabeza y hasta se ruborizaba, mientras Sara respondía con alguna enormidad. Era esbelta, delgada, ágil, de piernas y brazos largos. En su bonita cara alargada llamaba la atención la boca: una boca grande, excesivamente movible, un poco levantada en los extremos. Los labios, rojos como la pulpa de las granadas, estaban siempre humedecidos. Para hablar movía sin cesar la cabeza y la boca, y gesticulaba con los brazos y las piernas. Raras veces se la veía sentada. Conversaba paseándose. No podía decir una frase sin desplazarse dentro de un radio de dos o tres metros, sin levantar las piernas como si empezase una danza, sin manotear, sin reir y abrir la boca cuan grande era, dejando ver sus desiguales y largos dientes. Carecía de reserva, de pudor, y buscaba a su clientela en la calle, en Esmeralda, en Corrientes, con una inconsciencia que a Julieta le daba pena. Julieta la aconsejaba, pero sus palabras resbalaban por la epidermis de Sara sin penetrar en su espíritu. No parecía darse cuenta de su situación, de su vida, de la diferencia entre ella y las mujeres honestas. En cuanto a los hombres eran todos iguales para Sara. Todos le resultaban simpáticos, pero no trataba de acaparar a ninguno. Doña Lucía la detestaba. La hubiera echado, de atreverse a ello. Sara recibía hombres allí mismo y varias veces la habían pillado con pensionistas de la casa. En su cuarto, sobre todo cuando la acompañaba algún muchacho alegre, solía cantar, hablar a gritos, reir a carcajadas, con gran escándalo de doña Lucía, que cambiaba de colores y pedía a los santos que le sacasen a aquella pensionista tan comprometedora. Lo único que infundía temor y respeto a Sara era la policía. Una vez la arriaron en plena calle, y desde entonces, en sus recorridas, se había vuelto prudente. Ana María no la soportaba. Varias veces, en la mesa, al oirla despotricar, se había levantado. Sara, manoteando y estremecida por sonoras carcajadas, llamábala madama Pompadour, nombre que nadie sabía de dónde lo sacara y por qué lo aplicaba a Ana María.
—Debe ser media loca, Ana María—solía decir Nacha.—Yo le tengo miedo.
—No, mirá—argüía Julieta.—Es una muchacha que sufre mucho. ¡Quién sabe de dónde habrá caído hasta llegar a esta vida! Yo la compadezco. ¡Es tan buena, la pobre!
—¡Cuándo no!—exclamaba Sara, riendo y paseándose por el cuarto.—Para vos todas son buenas. A mí me parece una orgullosa. Se cree superior a nosotras.
—¿Y no es superior a nosotras?—preguntaba Julieta.
Nacha, ya casi sana, veía con terror el momento de su completa salud. Porque entonces tendría que dedicarse a lo que tanto temiera, a lo que detestaba, a lo que le era la vergüenza y la degradación. Hubiera dado años de su existencia por poder ser honesta. Y creía enfermarse de nuevo si intentaba recomenzar "la vida". Pero no era tanto por esto, ni por amor a la honestidad que deseaba ser honesta; era por Monsalvat, cuyo recuerdo la acompañaba incesantemente, mañana, tarde y noche, despierta y en sus sueños, cuando hablaba con sus amigas y cuando leía en la soledad de su cuarto. Y ahora, su amor a Monsalvat se había engrandecido, alimentado con el relato de su historia y los comentarios con las muchachas.