—Una noticia. Nacha ha vuelto a "la vida". Sé que ha estado hace pocos días en la casa de madame Annette.
Aquello era un dolor para el corazón de Monsalvat. Y sin embargo, era también una luz. Parecíale que Nacha estaba frente a él. Y estuvo frente a él y a su lado, llenándolo todo, aquella tarde y aquella noche, y el día siguiente y los demás días.
Monsalvat sufría ahora más que nunca. ¡Y era también ahora más feliz que nunca!
XIII
Diez días estuvo Nacha enferma, en aquella pensión de la calle Lavalle. Su historia circuló en la casa, referida por Julieta, interesando a todas las mujeres. Las muchachas de mala vida, pero que aún no han caído enteramente, son sentimentales y un poco románticas y simpatizan con los héroes y las heroínas de las historias de amor. Nacha, enamorada de un hombre con quien habló sólo una vez, que no sabía en realidad quién era ni dónde estaba, y teniendo que ser infiel a ese cariño platónico y extraño, debía caer en gracia a aquellas muchachas. Todas la compadecían en el fondo de sus almas y encontraban natural aquel ataque nervioso que arrojó en la cama a Nacha. ¡Tener que dedicarse a la vida, queriendo tanto a un hombre! ¿Y cómo era ese hombre? ¿Qué hablaron aquella vez? ¿Buenmozo, simpático? La enloquecían a preguntas.
—¡El más simpático de los hombres que he conocido en mi vida! El más bueno, el más santo... ¡Qué lindas cosas me decía!
Y refería la historia de sus breves amores por centésima vez. Detallaba las miradas, las explicaba. Se detenía en aquella larga conversación, cuando ella le contó su historia y lloró a torrentes y él la conminó a cambiar de vida.
—Pero vos fuiste una sonsa—le decían las muchachas.—¿Por qué te reíste de él en el cabaret? ¿Por qué lo echaste? Si no lo hubieras echado, ahora estarías con él...
—Es que nosotras somos así—decía otra.—Somos malas, el destino quiere que seamos malas...