Monsalvat la besó también. Creyó desvanecerse. Toda su voluntad había desaparecido. Escuchaba las locuras precipitadas, ardorosas de Irene. Le rogaba hacerla suya, llevársela. Le tomaba las manos, se apretaba contra su cuerpo. Pero de pronto, Monsalvat reaccionó. La imagen de Nacha surgió ante sus ojos, y sintió que una fuerza poderosa, que venía desde el fondo de su alma, le apartaba de Irene. Vió en aquella muchacha apasionada, un peligro para sus ideales. Vió derrumbada toda su obra. Vió perdida la sola justificación de su vida. Dijo adiós a Irene, le pidió perdón y se dirigió hacia la escalera, fuerte, sereno, inaccesible.
—No, no me deje así—clamaba Irene.—Yo seré su sirvienta. Yo lo adoro. Me voy a morir, me voy a perder si no me quiere.
Monsalvat seguía su camino sin oir aquellas voces de la tierra. Su alma retornaba por el camino que lleva a la montaña.
—¡Es horrible mi desgracia!—gritó Irene, arrojándose contra la pared, sacudida por violentos sollozos y temblores.
Este incidente exacerbó en Monsalvat el ansia de encontrar a Nacha. Empezó a recorrer los cabarets, los restoranes nocturnos, los teatros. Todo inútil. Pasaban los días y los días y ni la menor noticia de Nacha. Comenzaba a desesperarse. Pensó entonces que tal vez la calle tuviese respuesta a su ansiedad. Y se hizo un hijo de la calle. Horas enteras vagando. Horas enteras, por las mañanas, por las tardes, por las noches. Las calles del centro, aquéllas por donde pasan las mujeres de placer, conocieron su silueta atormentada.
Creía ver a Nacha, y apresuraba el paso. Seguía a una mujer. No era Nacha. Buscaba su rostro entre las muchedumbres que en Florida, por las mañanas, pasean su inactividad. Lo buscaba entre el gentío de Florida a la tarde, entre el gentío que va marchando sin premura, por la calzada sin carruajes, mientras estalla la luz de las vidrieras y empuja hacia arriba las sombras que caen desde las altísimas casas. Lo buscaba entre las mujeres, casi todas jóvenes y bonitas, que disimuladamente recorren Florida en busca de su pan, de su cariño, de su placer. Lo buscaba, por las noches, en las vías que convergen hacia los teatros, los cines, los cabarets. Lo buscaba en los teatros, en los cines y en los cabarets. Y así su sombra iba recorriendo las calles, como la de aquéllos que van buscando tímidamente una mujer ocasional. Iba insensible a los mil ruidos de la calle, a los gritos de los vendedores de diarios, a las bocinas de los autos, a los timbres de los tranvías, a los gramófonos que sonaban en los comercios, al obstinado arrastrarse de los pies sobre las veredas, a las voces del vendedor de juguetes, del vendedor de lotería, de la florista. Iba insensible a las luces de los enormes focos, a los avisos luminosos, a los letreros azules, rojos, verdes, amarillos de las lamparitas que coronaban las casas, a veces cerca del cielo, en un décimo piso. Iba insensible al lujo de las vidrieras, a las joyas prodigiosas, a las flores, a los libros. Iba insensible al maravilloso espectáculo que es la calle en la cosmopolita, complicada, exuberante, estruendosa, enérgica, inquieta, dinámica Buenos Aires. Iba insensible a todo. Él no veía sino a Nacha.
Todo inútil. Nacha no aparecía. Y había llegado Octubre. Mes y medio sin verla. Desesperado, pensó en dejarlo todo, en volver a su antigua existencia, faltando al deber que se impusiera de encontrar a Nacha. Y buscaba argumentos para justificar el abandono de "su deber". ¿No era Nacha una putilla? ¿Y entonces? ¿Se iba a enamorar de una mujer así? ¿Por qué concretar en ella un ideal, un deber, una razón de existir? ¿Acaso la perdió él? ¿Y para qué quería encontrarla?
Monsalvat tenía la sensación de que Nacha iba a perderse definitivamente. Y se echaba él la culpa de la perdición. Él fué a su casa, él la aconsejó, él la indispuso con su amante. Luego, él la había perdido. La buscaba para rehabilitarla, para llevarla al camino del bien, para que recuperase su personalidad, para que volviese a vivir, a tener esperanza, a amar, a soñar. Era un ser humano y no debía dejarlo en la esclavitud. Igual hubiera hecho con otras, si conociera a otras. Él conocía a Nacha y quería salvar a Nacha. Que los otros salvasen a las que conocían. Pero también quería salvarse él mismo. Quería salvarse de la sequedad del corazón, de la frigidez del alma, de la inutilidad de su vida. Quería salvarse de su existencia de egoísmo, de las garras de la vanidad, de la red envolvente de la maldad humana. Grandes acciones quisiera él acometer. Redimir a los esclavos del trabajo infamante, a los esclavos de sus pasiones, a las esclavas de los vicios ajenos y de la voracidad de los de arriba. Pero a falta de grandes acciones, él contentábase con levantar a una pobre y buena muchacha. Sembraba una semilla, solamente. Pero invitaba a otros para que sembraran a su vez.
En medio de sus dudas, había surgido en Monsalvat una gran esperanza. Ahora tenía dinero, e imaginaba que con dinero todo podía lograrse. El Banco Hipotecario le había entregado, a principios de Octubre, cuarenta mil pesos por la hipoteca del conventillo. Pero ya una parte de esta suma había desaparecido. Su madre dejó deudas y la mulata, que fué sirvienta de ella, le hizo a Monsalvat un chantaje. Aconsejada probablemente por Moreno, Celedonia le amenazó con publicar unas cartas de Eugenia si no le daban dos mil pesos. Monsalvat tuvo que entregarlos para recoger las cartas.
Una tarde de octubre, Torres, a quien encontró en la calle, le dijo: