—¡La flor de mi casta!—exclamó Moreno, agregando melancólicamente:—¡Ah, si no fuéramos pobres! No la entregaba sino a un príncipe. Perdone, mi doptor. O a un doptor Monsalvat, que es tanto como un príncipe, porque es príncipe de la jurisprudencia...

Ni Monsalvat ni Irene oyeron aquellas cosas. Monsalvat se había turbado y estremecido al notar en su mano la mano de Irene que abrasaba, al sentir sobre su rostro los ojos abrumados de pasión de aquella mujer que palpitaba y ardía desde el extremo de sus cabellos hasta la punta de los pies. Monsalvat quedó paralizado frente a ella. Y sin saber qué decirle, volvióse para hablar con Moreno.

Después de algunas frases sin interés, interrumpidas por las adulaciones de Moreno, Monsalvat se despidió. Dijo que había ido para saber si Irene tenía la noticia que él necesitaba.

—Se la voy a dar. Venga—dijo Irene con extraña energía, mientras temblábanle los labios y echaban fuego sus ojos.

Monsalvat se despidió y salió al pasadizo que conducía hasta la escalera. Un pasadizo oscuro y angosto. Moreno quiso seguirle, pero Irene ordenó a su padre que se quedara.

—Ella lo manda. Ya ve, mi doptor, adónde ha ido a parar mi autoridad paterna. Soy un simple perro. Obedezco y me retiro, de miedo al látigo. ¡Procurador célebre, a esto has llegado! Tu carrera terminó, el mundo se acaba. ¡Mi doptor, a sus pies!

En la oscuridad del pasadizo, Monsalvat e Irene caminaron uno detrás de otro algunos metros. Luego se acercaron, se rozaron. Monsalvat sintió el ardor violento de toda aquella mujer, sintió que algo fascinante le atraía hacia ella. En lo oscuro, los ojos de Irene, enormes, se entornaban y volvían a abrirse. Su cuerpo tenía ondulaciones de serpiente.

—La noticia, ¿cuál es?—preguntó Monsalvat con, la voz torturada.

—¡Ésta!—rugió Irene sordamente, con los dientes apretados, poniendo sobre la boca de Monsalvat la pulpa roja de sus labios abrasadores, absorbentes, estremecidos.