Mientras Nacha se ocultaba en la casa de pensión, con su ingenuo propósito de otra vida distinta, Monsalvat la buscaba. Había estado a buscarla, en compañía de Torres, en aquella casa de madame Annette, a principios de Setiembre, un mes antes que Nacha fuera allí, llevada por su triste fatalidad. Había estado en la casa de otra mujer, Juanita Sanmartino, y nuevamente la decepción había llenado su espíritu de tinieblas. ¿Dónde estaba Nacha? Nadie sabía nada. Torres afirmaba que no había vuelto a "la vida", pues si hubiese vuelto a la vida habría ido a cualquiera de aquellas casas. Torres imaginaba que viviese con otro, tal vez con algún antiguo conocido, tal vez con alguno que encontró al acaso. Y mientras pensaba así mal de ella, ella sólo pensaba en ser honesta y en aquel hombre del cabaret, cuya imagen la acompañaba en su reclusión.
¿Y Eugenia Monsalvat? Tampoco nadie sabía nada de ella. ¿Se cambió de nombre tal vez? ¿Habría muerto? ¿Arrastraría por las regiones malditas de la ciudad su vida dolorosa?
A fines de Setiembre, Monsalvat encontró un motivo de distracción para su soledad espiritual: su oficina. Acababa de ser nombrado segundo jefe de una repartición en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Pasaba allí las tardes trabajando. Algunos colegas, llevados por las leyendas que ya circulaban sobre carácter y las opiniones de Monsalvat, solían buscar su conversación. Pero él, inaccesible y desconfiado, apartaba hábilmente las insinuaciones indiscretas.
Una mañana de ese mismo mes, Monsalvat fué a la casa donde murió su madre. Quería hablar con Moreno, con la hija de Moreno. Desde aquella mañana que vió el amor de Irene, no quiso Monsalvat volver a aquella casa. Temía a aquel amor de Irene. Él era libre, y podía dejarse querer y quererla. Ella no ignoraba lo que hacía. No engañaba él a nadie, pues, aceptando el amor de aquella muchacha bonita, apasionada, buena. Se encontraba solo en el mundo, sin una alma amiga en el horizonte de su vida. ¿Porqué huir entonces de Irene? Era que pensaba en Nacha. La había buscado inútilmente, no tenía ninguna noticia de ella, ignoraba si se acordó de su amigo alguna vez. Sin embargo, él pensaba en Nacha. Creía cometer una mala acción queriendo a otra mujer, y sentíase obligado respecto a Nacha, como si le hubiese jurado promesas fundamentales. ¿Tal vez había terminado por enamorarse? Esta idea le obsesionó una semana. Se juzgó ridículo, se despreció a sí mismo, intentó abandonar todo lo que pudiera acercarle a Nacha. Pero no hizo nada. Y, al contrario, más pensaba en ella y más ansiaba encontrarla. En cuanto a Irene, no la había olvidado. Aunque él no fué a la casa, le envió dinero varias veces, sumas que parecieron enormes a la pobre gente. Irene le había escrito agradeciéndoselas y rogándole que le permitiera ir a verlo a su casa, ya que él se negaba a visitarla.
Aquel día de fines de Setiembre, Monsalvat se encontró con toda la familia Moreno. Esto le alegró, pues temía hallar sola a Irene.
—¡Mi doptor!—exclamó al verle Moreno, extendiéndole los brazos.—¡Mi gran doptor! ¡El salvador de mi pobre raza maldita! ¡El grande entre los grandes! ¡El faro luminoso de la ciencia jurídica! ¡El excelso y el bondadoso!
Monsalvat protestaba de elogios tan disparatados y quería apartar de sí los brazos obstinados de Moreno. La mujer reía de las palabras del marido y a la vez estaba llorosa de emoción. Besaba una mano de Monsalvat y le señalaba los niños, con los ojos húmedos de agradecimiento.
—No admitimos su modestia, doptor. Queremos ser sus perros. Somos unos pobres perros, todos nosotros, y nada más. ¡Pensar que Moreno, y la familia de Moreno...! ¡Cuantum mulatur ab illo! como dijo Cicerón. Ya ve que no olvido mi latín. ¡La cultura, doptor! He sido hombre de ley, viví entre libros y sentencias. Y ahora, un perro vil, un borracho, un...
Irene, en un rincón del cuarto, de pie, se cubrió el rostro, avergonzada. Desde que entrara Monsalvat, no se había movido, aguardando que pasara la avalancha de agradecimientos y humillaciones, que preveía de parte de sus padres. Monsalvat también se sentía molesto. Por fin apartó a aquella gente y extendió la mano a Irene.