—¿Y el médico?—insistió la muchacha.—Es mejor que venga. Usted no está bien.
—Bueno, que venga—contestó Nacha, y volviéndose contra la pared, siguió llorando agitadamente.
El médico llegó a la noche. La enferma no había querido comer, y continuaba en la cama, vestida aún con su traje de calle. El médico, un muchacho petulante que les hacía ojitos a las mujeres de la casa y se cobraba en especie sus asistencias, dijo que toda era nervios. Nacha había sufrido un detraquement, y necesitaba reposo físico y tranquilidad moral.
¡En verdad que había padecido la infeliz Nacha en los dos últimos días! El agravio que le hiciera la dueña de la pensión; el haberse desilusionado de la virtud; la caída en brazos del amigo a quien fuera a pedir dinero, le habían causado un mal inmenso, le habían suprimido, de golpe, brutalmente, toda su esperanza de transformación. Pero todo esto no era nada junto a su resolución de retornar a la vida. Fué obra de un momento, casi instantánea, ¡pero qué enorme esfuerzo de voluntad debió hacer, en medio de la desorganización de su existencia y de la angustia que apretaba su corazón! Entre sus sufrimientos y sus vacilaciones, nada le había atormentado tanto como el recuerdo de Monsalvat. Más que la certidumbre de su vida fracasada, le llenaba de desesperación el pensar en aquel hombre a quien ya no dudaba de amar. Su imagen, presente siempre a los ojos de Nacha, habíase agrandado gigantescamente ahora, ¡ahora, en los momentos en que ella se perdía! Cuando entró en la casa del vicio, le pareció que la sombra de Monsalvat, en medio de la escalera, quería impedirle pasar. Pero ella había cerrado los ojos y, bajando la cabeza, había cruzado por entre la sombra. Luego, durante el tiempo que allí permaneció, no dejó de verle un solo instante. Si oía un ruido, creía que él entraba. Si una voz surgía de los corredores, temía que fuese su voz. Hasta llegó en cierta ocasión a levantarse, creyendo haberle visto pasar.
¿Dónde estaría ahora Monsalvat?, se preguntaba Nacha. ¿Por qué no iba a buscarla? ¿Cómo no adivinaba que ella necesitaba su protección? Porque sin ella sucumbiría, caería hasta abajo, hasta lo más hondo del mal, hasta la última capa del lodo de la tierra. ¿Por qué Monsalvat no se apareció en la casa del vicio, como ella esperaba, para salvarla y arrebatarla de allí? ¿Por qué no se aparecía ahora, para, libertarla de sus sufrimientos?
Se acordó entonces de que Monsalvat le había dicho, la única vez que hablaron, que ella debía sufrir. ¡Sufrir para ser perdonada, para rescatar su vida, para merecer el tesoro de la compasión! Sí, él le había dicho eso mismo. Se alegró de haber recordado aquellas palabras que daban un poco de luz a su existencia miserable. Se preparó para aceptar el sufrimiento, para resignarse al dolor, y se durmió un tanto tranquilizada, ya sin lágrimas ni desesperaciones.
XII
¡Setiembre! ¡Primavera! Buenos Aires con sus calles arboladas, sus parques, sus plazas, los largos paseos que forman al río encantadora vereda, florecía mágicamente, se manchaba de verde, de todos los matices del verde. Se dijera que la mano del Infinito retocaba el gigantesco cuadro un poco descolorido que le entregara el invierno, exacerbando el esmeralda de los parques ingleses; agotando en las copas de los paraísos y en el musgo el amarillo de Nápoles; arrancando violentamente de las frondas el manto suave y aterciopelado hecho de azules, de tierra de Siena y de tintas neutras, para vestirlas con un áureo traje que el amarillo aurora y el sepia y el cobalto hacían claro y vibrante; vaciando en los grandes parques todo el óxido de cromo de su paleta cósmica; rejuveneciendo a los sauces, en un genial abuso de esa gutagamba que nos trae el recuerdo de fantásticos reinos tropicales; y haciendo estremecer los mediodías en ensueños de oro. ¡Oh primavera de Buenos Aires, llena de gracia y de armonía, sin los embadurnamientos de las tierras cálidas, sin el cromatismo espeso de los países del sol, sin la pesadez de las comarcas donde la naturaleza adormece las energías humanas! ¡Oh primavera de Buenos Aires! El oro llueve del cielo con musical ritmo y parece también surgir de los árboles y las plantas y las hierbas; envuelve los edificios; exalta de vigor y de luz los rostros humanos y enciende los ojos de las mujeres, en ansias de amar. ¡Oh primavera de Buenos Aires!
Para Monsalvat, sin embargo, era una primavera triste. Monsalvat no sentía aquella gloria de la luz, de los colores, de los sonidos. No advertía el contento de las cosas, la canción de dicha que asomaba en los ojos de las gentes. Sentíase solo, absolutamente solo en el Universo. Era extraño al mundo en que vivió, mundo ahora enemigo. Era extraño al mundo de los que sufren, por su procedencia y su situación. Murió su madre, no encontraba a su hermana, no encontraba a aquella mujer en la que concretaba su nueva vida. Sentíase solo, no tenía amigos. Los amigos de otro tiempo se burlaban de sus ideas y de sus ideales. Hablaban de pose, creíanle medio loco. ¿Qué podía tratar con ellos, que no fuesen los motivos triviales de la gran farsa social? No le comprendían. No querían ni oirle. Su prédica debía ir hacia otra parte, hacia aquéllos que alguna vez impondrían la justicia, hacia aquéllos que debían rebelarse alguna vez. Sentíase espantosamente solo. Si por acaso alguien hablaba de la belleza del día, él callaba, contestando en su interior que todo aquello no tenía existencia para él. ¿Qué había fuera de nuestras sensaciones? Lo material, ¿tenía realidad fuera de nosotros? Y bien: sus sensaciones le decían que no había a su alrededor sino tristeza, dolores, soledad, negrura en las cosas y en las almas. ¡Estaba solo! Jamás sintióse tan solo. El mundo era su triste creación, la obra de su alma sufriente. No; aquella primavera era una estación de amargura.