Nacha se puso roja como el fuego, y, con los ojos brillándole enojadamente, gritó a madame:
—No se meta conmigo porque doy parte a la policía. Usted está corrompiendo una criatura de diez y siete años. Es una perversa. Vieja degradada... monstruo...
—Usted es quien va a la policía, ¿sabe? Yo doy órdenes a la policía, de modo que pierde su tiempo en denunciarme. Yo no he perdido a ninguna mujer; ustedes se pierden solas. Se pierden solas porque les gusta el vicio, porque son unas...
Pero era inútil que madame se desgañitase y que corriese detrás de Nacha, porque Nacha no oía y a cada momento se tapaba las orejas, haciendo enfurecer más a madame. Iba Nacha por los pasillos de la casa taconeando fuerte y golpeando las puertas, sin olvidarse de soltar de cuando en cuando alguna palabra ofensiva para la dignidad profesional de la francesa. En esta forma, Nacha adelante y madame detrás, llegaron a la escalera, que Nacha bajó como una exhalación. Al abrir la puerta de cristales, una ancha y suntuosa puerta, vió a la vieja en lo alto de la escalera y le sacó la lengua, clasificando su oficio con ciertos términos que no suelen figurar en los censos.
—¡Vieja puerca, criminal!
— Allez-vous en! Cochonne! Devergondée!
Nacha subió a un carruaje y se fué a su casa. Apenas entró en su cuarto se quitó el sombrero y se arrojó sobre la cama, llorando convulsivamente. Temblaba toda entera, como si estuviese a punto de que le diera un ataque de nervios. Aunque se esforzaba por ahogar su llanto no pudo lograrlo del todo. Una muchacha que vivía en la pieza vecina entró alarmada, preguntándole qué le ocurría y ofreciéndosele para llamar al médico.
—Déjeme sola, quiero estar sola...
—¿Se enojó conmigo?—preguntó la muchacha dulcemente, una gordita de ojos negros y piel morena y suave que se llamaba Julieta.
Nacha, conquistada de pronto por la bondad de la gordita se incorporó y le dió un par de besos, y sin cesar en su llanto le pidió que la dejara sola.