Entró madame Annette.

—Nacha, venga usted. Voy a presentarle a un viejo amigo, un buen amigo de esta casa. Pero, déjeme ver. ¿Está bien calzada? Sí, está bien. Las medias podrían ser mejores. Es lástima. Bueno, pero otra vez que este amigo, que es una persona muy respetable, muy ilustrada, venga a visitarla, póngase las mejores medias y los mejores zapatos que encuentre en Buenos Aires.

Nacha iba a preguntarle algo, pero madame volvió a hablar:

—Pórtese bien, m'hijita. Usted es una linda muchacha y debe portarse bien. Muy complaciente, ¿eh? ¿Me entiende?

Madame dejó a Nacha bajo la augusta protección de uno de los más venerables padres de la patria, y se asomó al balcón de uno de los tantos cuartos que daban sobre la calle. Miró con gran interés hacia el fondo de la plaza, a través de los árboles magníficos, como si esperase algo importante. Esperaba, en efecto, la llegada de su hija, una niña de diez años, medio pupila en un colegio de monjas. ¿Por qué no vendría? Madame se enternecía pensando en el fruto de sus canallescas entrañas. Soñaba a su hija como un modelo de perfecciones, un ser puro y cándido, bien casada, feliz, respetada. Y todo se lo debería a ella, madre admirable, que tuvo el arte de instalar un negocio como no había otro en Buenos Aires, una casa de verdadera distinción, de alegría; una casa donde sólo en champaña se ganaban cien pesos diarios. Madame se preciaba de conocer la fuerza y solidez de las instituciones, y con su talento administrativo, su savoir faire, su arte de francesa, había logrado realizar una fortuna, con el apoyo y la bendición de la Política, de la Alta Banca y de la Aristocracia.

Unas palmadas, asombrándola, la sacaron de su ensueño. Era el padre de la patria, hecho una furia. Madame escuchó sus quejas y fué a buscar a Nacha, que había huido a la salita donde estuvo antes esperando, y que se arreglaba frente a un espejo.

—Nacha, ¿cómo es esto? ¿Quiere desacreditar mi casa?

—No, madame; pero no vuelvo más.

—Usted es una tonta, mujer. ¡Qué tantos escrúpulos a su edad!