—No teníamos ni qué comer—continúo la chica. ¡Qué iba a hacer mi tía! Yo no sabía de qué se trataba y vine. Pero al volver a casa le dije a mi tía, llorando, que esa casa no era seria, y le conté lo que había pasado. Mi tía me rogó que me conformara y me pidió que hiciese su voluntad, asegurándome que ella era la responsable de todo. Pero a mí... no sé... no me pareció bien todo eso. Yo pensaba que debía ser una cosa mala lo que hacía. Pero ella me convencía de que no. Según mi tía, todas las mujeres tenemos que ser así. ¿Será verdad? ¿Qué le parece a usted?

Nacha, acongojada, no sabía qué contestarle.

—Y yo, ¿haré mal? ¿Qué le parece?

Madame Annette entró de nuevo y se llevó a la chica. Nacha se levantó y quiso ir hacia madame, pero al pisar el umbral del cuarto vecino vió un hombre y se detuvo. Volvióse entonces a la desconocida, y que hasta ese instante le fuera antipática, para exclamar:

—¡Qué iniquidad! ¡No he visto nunca, en mi vida, una maldad igual a la de esa mujer que explota a esta infeliz criatura! ¡Es odioso esto, repugnante!

—No se enoje tanto—expresó humildemente la otra, cuando Nacha, sofocada y fuera de sí, se hubo sentado.—Es inútil protestar. ¡Yo he visto tantas cosas que ya nada me asombra, absolutamente nada!

La mujer hablaba con acento extranjero, aunque correctamente. No era bonita ni muy elegante, pero tenía unos azules ojos maravillosos y una gran expresión de inteligencia. Nacha, que hasta entonces no la había advertido en realidad, la observó y la encontró muy simpática, más aún: extrañamente simpática. En seguida hicieron amistad. Durante un cuarto de hora hablaron sin cesar, hasta que la mujer acabó por contar su historia a Nacha. Pertenecía a una familia honesta y conocida, de un pueblo del norte de Francia. Un empresario de teatros, o un agente suyo, sabiendo que ella cantaba bien y que sus padres se hallaban en la pobreza, le ofreció un buen contrato para América.

—Yo jamás había cantado en teatros, pero en conciertos y otras fiestas había adquirido un gran dominio del público y me animé, resuelta a ser menos gravosa a mis pobres padres. Y llegué a Buenos Aires. Cuando vi qué clase de teatro era aquel donde debía cantar, me sublevé. ¡El Royal, usted se imagina! Pero por fin, pensé que no dejaría de ser una muchacha honesta aunque anduviese entre bandidos y me conformé. Me llevaron a una pension d'artistes, donde tenía la obligación de vivir. La primera noche me llamaron para presentarme a varios señores, y vi... lo que se ve aquí, más o menos... Comprendí entonces lo que era en realidad aquella pensión d'artistes. No me presté a las exigencias de madame, y se produjo un escándalo mayúsculo. Abandoné la casa, dejé a un lado el contrato y me eché al mundo a vivir, a seguir siendo honrada. ¡Ah, qué ilusión la mía! En ninguna parte hallaba trabajo. Por fin en un bazar francés me dieron un empleo. Allí vendía objetos de lujo, obras de industria artistica. Pero resultó que también aquella casa... ¡En todas partes la tentación! Me gustó uno de los clientes, me enamoré, después me abandonó...

Se interrumpió para descansar de su fatiga. Quedóse con una irónica sonrisa entre los labios, mirando hacia adelante, pero sin ver otra cosa que el vuelo de sus recuerdos.

—Cuando pienso en mis padres—continuó—soy una desgraciada. Daría mi vida por volver a verlos. Les contaría todo, les pediría perdón, yo creo. ¡Pero cómo ir a Europa! ¡Se precisa tanto dinero para eso!