La chica puso una encantadora carita de pena, y alzando otra vez los ojos hacia Nacha, y mirándola con franqueza, le contestó naturalmente, sin asomo de reproche hacia nadie ni de malicia:
—Me manda mi tía.
—¿Y hace mucho que hacés esta vida?
—Dos meses.
—Y antes, ¿tuviste un novio, verdad? Te engañó, te deshonró...
—No, nunca tuve un novio. Mi tía me obligó a venir...
—¡Pero es posible! ¿De modo que aquí conociste el primer hombre?
—Aquí, sí...
Nacha se quiso morir. Enrojeció de indignación. La chica le contó su breve historia. Sus padres eran españoles y vivían pobremente en La Coruña. Hacía como ocho años llegó una hermana de la madre a aquella ciudad; una señora rica, dueña de una tienda en Buenos Aires. La chica tenía diez hermanos y la tía propuso a los padres llevársela a Buenos Aires, donde iba a prosperar; y los padres, naturalmente, aceptaron. La tía fué muy buena para con la criatura, pero la tienda marchaba cada vez peor hasta que vino la quiebra. Entonces, la mujer llamó un día a la sobrinita, y diciéndole que estaban muy pobres y que necesitaba su ayuda, le prometió mandarla a una casa donde ganaría dinero con muy poco trabajo.