—¿Yo? Pero estás loca, m'hija. Esas son pavadas. Mirá: yo he acabado por convencerme de que nosotras, las mujeres de la vida, somos una de las más sólidas columnas de la sociedad...
Había dicho esta última frase declamatoriamente, con intención sarcástica. Luego, ante el asombro de Nacha, se puso a reir, inclinándose muellemente hacia un lado, con sensual nonchalance.
Interrumpió el diálogo la llegada de madame. Al ver a Amelia, la francesa la saludó con adulonería y la llamó aparte. Las dos salieron inmediatamente. La desconocida miró a Nacha con intención de hablarla. Pero Nacha estaba absorta, pensando en las extrañas causas que llevan a la perdición a una mujer. Amelia era pura franqueza y si dijo que se casó en el deseo de volverse honrada, así debía de ser. Y he ahí que el marido, a quien ella, por honestidad, refiriera toda su vida, la arrojaba otra vez en el vicio, ahora para siempre.
La entrada de una chica la interrumpió en sus pensamientos. Nacha miró con encanto y a la vez con estupor a la deliciosa personita; una niña graciosa, bella, con aire de ingenuidad. Como Nacha no le quitase los ojos y quisiese como sonreirle, la chica le dijo, sencillamente:
—¿Cómo se llama usted? ¡Qué buena parece!
—No soy buena, pero quisiera serlo.
La chica sentóse al lado de Nacha y hablaron las dos con mutua simpatía. Nacha se enteró con verdadero disgusto que la recién llegada tenía diez y siete años apenas. Y como era bajita, muy delgada, frágil, y tenía aquel aspecto ingenuo, representaba menos aún: catorce o quince años. Nacha pensaba con horror en el crimen infame que significaba dejar que se perdiese una criatura así. ¿No sabrían los padres? Y madame Annette, ¿cómo aceptaba recibirla? Y los hombres que la conocían, esos respetables señores tan amigos de madame, ¿era posible que no tuviesen una palabra de protesta, de indignación o siquiera de lástima? ¡Ah, ella no comprendía el mundo! A ella y a todas las mujeres como ella el mundo las despreciaba, las injuriaba, les arrojaba todos los delitos y todas las miserias, y sin embargo ella se apiadaba de una criatura como la que tenía a su lado, y conocía muchas mujeres de su clase que nunca hubieran permitido un crimen semejante. Nacha quería preguntar a la chica algo importante, pero no se animaba. Sobre todo la presencia de la otra mujer la cohibía.
—Pero decíme—susurró Nacha dando a su voz un tono confidencial y tomando una mano de su reciente amiga:—¿Por qué...? ¿Cómo es que...?
La chica levantó hacia Nacha sus grandes ojos claros e ingenuos, interrogándola.
—¿Por qué venís a esta casa?—terminó Nacha ruborizándose de su curiosidad.