La casa de madame Annette, situada frente a una plaza, era lo más aristocrático que Buenos Aires poseía en el género. Allí acudían los millonarios, los grandes políticos, los nombres de más alta alcurnia social. A veces se encontró medio ministerio, aunque no reunido en consejo sino disperso en diferentes sitios de la casa. Y era voz pública que cuando en la cámara de diputados no había quórum, solía telefonearse a aquella distinguida mansión y que jamás esta medida poco reglamentaria dejó de producir el más brillante resultado. Desde la entrada, no se respiraba allí sino lujo: sedas, bordados, dorados, muebles elegantes, ricas alfombras, espesos cortinados. Un persistente olor a agua de rosa circulaba por los cuartos, cerrados, misteriosos, invitando a los más dulces coloquios.

Nacha esperaba en una pequeña salita interior, en compañía de una desconocida. Madame había salido para recibir a un visitante. De pronto apareció en el umbral una figura que era familiar a Nacha. Al verse, las dos mujeres se saludaron y se besaron.

—Pero vos aquí... ¿Cómo? ¿No te casaste?—decía Nacha, un poco avergonzada por Amelia, y en voz baja para que no oyese la desconocida.

—Sí, me casé, ché... Pero, ¿qué querés? ¡Así es la vida!

Hablaba a gritos, riendo y con una desfachatez sin igual. Movía con voluptuosidad su cuerpo de serpiente y accionaba sin cesar con sus largos brazos un poco delgados. Olía fuertemente a violeta y vestía de un modo algo fantástico y exuberante pero no desprovisto de elegancia.

—No me hagás cargos. Escucháme un poco, hija. Te prevengo que me casé dispuesta a ser honrada... No te exagero. El diablo harto de carne dirás... ¡Pero si vieras qué nene era mi marido! ¡Un horror! Siendo soltero, trabajaba. En un bazar. Pero después de casarse dejó el empleo y pretendió vivir a mi costa. Quería que yo fuese la de antes. Y vas a ver... Entonces, yo le dije: "Eso no, ché. Yo seré una tal por cual, pero, ¿darte de comer a vos? ¡En la vida, hijito!" Lo eché, vas a ver... Y entonces, volví a la vida. Y aquí me tenés... ¿Cómo me encontrás? ¿No me voy poniendo vieja, ché?

—Espléndida, Amelia. Más elegante que nunca. ¡Qué cuerpo!

—De primo cartello, ¿verdad? Pero aquí, esto no se aprecia. Nada más que vejestorios. ¡Un horror! Y a mí que tanto me gusta la juventud, la fuerza, el entusiasmo, el... ¿Te acordás de cuando era anarquista, de cuando decía que era preciso vivir la vida? ¡Qué tiempos aquéllos, Nacha! Ésos eran los buenos tiempos.

—Y ahora, ¿ya no sos anarquista?