Nacha había pensado decirle quién era la virtuosa mademoisselle y las exactas noticias que ella tenía sobre su "acrisolada" pureza. ¡Cómo iba a gozar viendo la cara del Padre Chatelain al oir evocar la escena del dormitorio! Ahora se vengaría de aquella mujer perversa, hipócrita, canallesca hasta ser repugnante.

—¿Y bien, señorita? Yo estoy esperando...

Pero Nacha se entristeció de pronto y pensó que las miserias de la vieja maldita no justificaban su venganza. No sería mala por nada de este mundo. Que la echara a la calle la francesa, que contase a los Padres cuanto ella le contó en secreto para consolarla, que la injuriase, que hiciera con ella lo que quisiese, jamás revelaría a nadie lo que prometió callar.

—No es nada, Padre. Déjeme sola, no más...

Apenas el sacerdote desapareció, la infeliz se arrojó sobre una silla. Y con el cuerpo doblado hacia adelante, las manos en la cara y los ojos estupefactos, permaneció casi un cuarto de hora. Después suspiró hondamente, sacudió la cabeza con violencia como para alejar algún pensamiento triste, y exclamó:

—¡Es mi destino!

Luego se vistió poniéndose el mismo vestido que el día antes y salió a la calle. Detuvo un automóvil que pasaba y le dió la dirección de una casa de huéspedes de la calle Lavalle, donde vivían muchachas de mala vida.

XI