—Usted sabe bien lo que es mademoisselle. ¡Una señorita tan austera, tan perfecta! Sus padres, desgraciadamente, no habían recibido la Luz, eran protestantes. Pero buenas personas, gentes muy virtuosas, a pesar de todo, que temían a Dios... La Providencia había velado por mademoisselle. Usted sabe que sus padres murieron y que la recogió una tía, muy buena católica, y que en casa de esta santa señora devino católica...
Nacha miraba con asombro al Padre, sin saber a dónde iría a terminar todo aquello. El Padre tenía actitudes pilluelescas, y a veces daba tales saltitos que parecía que le hiciesen cosquillas. A lo mejor, no encontrando una palabra, se detenía, levantaba los ojos al cielo, los bajaba, hacía un molinete complicado, luego una castañuela y un pequeño salto cambiando la colocación de las piernas, como en un cuadro de baile. Pero ni por ésas aparecía la palabra, y el buen Padre debía hacer un rodeo que resultaba a Nacha interminable.
—Y bueno, usted sabe, comprende que... En fin, señorita, me parece que su vida no ha sido... ¿cómo diré?... precisamente... ejemplar... No sé si me explico... Y usted sabe, comprende, que en esta casa, donde... donde... ¿cómo diré?...
Aquí una castañuela, un blanqueo de los ojos y un par de movimientos de costado. Preparaba un magnífico molinete cuando la palabra buscada apareció, y radiante, feliz, exclamó:
—Donde... resplandece... precisamente... resplandece la más acrisolada virtud... usted, con su vida, con sus costumbres, no... no... es decir... en fin, que no conviene que permanezca aquí...
—En una palabra: me echa de la casa—dijo Nacha, roja de indignación.
—Oh, precisamente, echarla... usted sabe... usted comprende...
—Está bien, Padre. Hoy mismo me iré. Y hágame el favor de dejarme sola.
El Padre le hizo una gentil y redonda reverencia, y salió. Pero apenas había puesto los pies en el corredor, volvió, oyendo que Nacha le llamaba.
—¿Alguna cosa...?