—¿Ya? Pero no nos podemos despedir así. Eso no, m'hijita. ¿Nunca te acordaste de mí, de aquellos tiempos?...
Nacha había ido a pedir dinero a este hombre porque lo creía el más desinteresado de sus amigos y tenía la esperanza de que por simple simpatía y amistad le prestase o le diese la suma que necesitaba. Y así cuando el abogado se le acercó, la abrazó y fué a cerrar la puerta con llave, ella tuvo un gran disgusto. Intentó defenderse, pedirle que la dejara, decirle que ahora quería ser honrada; pero pensó que no tenía derecho a nada de eso. ¿Qué era ella, sino una...? Además, ¿no le había dado dinero él? Entonces podía hacer lo que quisiera. Eso era lo lógico y lo humano.
Una hora después, medio llorosa y muy triste, entregó a mademoisselle los cincuenta pesos correspondientes a la primera quincena.
—Oh, pero aquí falta, señorita. ¿Y la otra quincena? Pardon, yo no puedo, absolutamente no puedo esperar.
—Unos días, dos o tres, nada más—dijo Nacha, con rabia, mirando agresivamente a mademoisselle.
—No, pas possible. Hoy estamos a catorce de octubre. Tiene su pensión pagada hasta mañana. Esperaré sólo hasta mañana.
Había pensado Nacha en recurrir a Torres, cuando al día siguiente, muy temprano, la sirvienta le dijo que uno de los Padres deseaba hablarla. Nacha fué a la salita. Allí el Padre la esperaba. Era un hombre redondo. Redonda la figura, la cabeza, la cara. Redondos los gestos, los gruesos y cortos dedos. Hablaba redondeando la pequeña boca. Nacha no salía de su asombro por aquella visita inimaginada.
—Sí, pues... es el caso... que... mademoisselle...
El Padre, de pie, parecía meditar en el modo de salir del paso. Miraba al suelo y tenía una mano derecha sobre la boca, retirándola sólo para hacer un molinete en el aire con los dedos o una ligera castañuela.