—Está bien. Mañana tendrá el importe de mi pensión.

Toda la noche la pasó Nacha llorando.

Una de las cosas que más le preocuparon fué la conducta de mademoisselle para con ella. La creyó una persona excelente, buena, cariñosa; y ahora veía que se había equivocado. La creyó una alma pura, sin defectos, y había sorprendido un secreto que estaba lejos de certificar su pureza. Pero si no era pura, ¿por qué afectaba serlo? Nacha se desesperaba. Había creído conocer la pureza de cerca, había imaginado que era cosa factible y bella la virtud, y ahora sabía lo que eran la pureza y la virtud.

—Porque mademoisselle—pensaba—, no sólo se dice pura sino que los demás también lo creen. Sí, lo creen, y la prueba es que tiene sacerdotes amigos que vienen a visitarla. Si no fuese tenida por santa, esos sacerdotes no vendrían, no serían sus amigos... Entonces, quiere decir que la virtud consiste en ocultar las cosas... Sí, así debe de ser. Y ahora me acuerdo de muchos señores considerados como personas respetabilísimas, que, en las casas de citas, me proponían... Claro, así es. La virtud no existe. Los virtuosos, los honestos, los puros son los que se ocultan, "los que se cuidan", como suele decirse.

Pero Nacha no lloraba por esto, aunque había tenido una inmensa desilusión. Lloraba porque sus esfuerzos por ser honrada, como ella decía, eran inútiles. Al día siguiente volvería a ser lo que fué. Y todo por culpa de mademoisselle, que, pura y de tan santos principios, la arrojaba en el mal tranquilamente y como pago de su discreción. Ya no dudaba de que el destino era cruel con ella, de que se había empeñado en que fuese una perdida. Y bueno: lo sería, ya que no había otro modo de vivir, ya que todos se lo ordenaban.

Al día siguiente, a las tres de la tarde, se vistió con su mejor vestido y—cosa que desde un mes y medio atrás no hacía—, se puso en la cara crema Simón y en los labios un poco de rojo. Elegante, voluptuosa, tentadora, salió a la calle y se dirigió en un coche al escritorio de un abogado amigo, de aquél íntimo de Torres que durante varios meses la protegiera.

—Cien pesos, nada menos—decía el abogado, moviendo la cabeza de arriba a abajo, con los labios apretados y el inferior alargado en una mueca de asombro.

—Para usted no es nada—argüía Nacha, intimidada por la frialdad del recibimiento.

—Es mucho m'hijita. ¡Cien patacones en estos tiempos! Te daré cincuenta... Es todo lo que puedo. ¡Tantos gastos! Mi mujer es muy gastadora, y después las niñeras, las amas, qué sé yo. ¡Un titeo! En fin, yo creo que con cincuenta del páis se pueden hacer muchas cosas...

Nacha tomó los cincuenta pesos desilusionada, y dijo que se los devolvería. El abogado hizo un vasto gesto redondo sobre su cabeza, como diciendo que no pensara en ello y se ocupó en mirar a su visitante. Debió gustarle, porque se puso un poco nervioso. La miraba con los ojos brillantes, cuando ella se levantó para irse.