—No se preocupe mademoisselle. ¿Cómo cree que yo me voy a asombrar? Yo sé bien que una persona no puede vivir sin querer. Y menos una persona tan buena como usted.
—¡Oh, no, no! Usted es una santa, ma petite. Yo he cometido un pecado muy grave, muy grave.
Se afligía tanto que Nacha, para consolarla, le contó algunas cosas de su vida. No le dijo que había frecuentado las casas de citas, pero sí que tuvo muchos amantes. La francesa se iba consolando y a la vez poniéndose seria. Cuando Nacha terminó, dijo que tenía varios quehaceres y se fué.
Nacha creyó que su amistad con mademoisselle, después de lo ocurrido, sería más íntima que nunca. Una semana después, mademoisselle le pidió el pago del mes que le debía.
—Oh, señorita Nashá, no es por nada, usted sabe, pero las cosas andan mal. Los pensionistas... algunos... no pagan puntualmente.
—Yo le pido que espere un poquito, mademoisselle. Un mes no es nada para usted. Mire que estoy muy pobre. He vendido las pobrecitas alhajas que tenía. Buscaré un empleo, trabajaré... Pero no me apremie. Sí, sea buena, por favor...
Y le tomó una mano, cosa que mademoisselle solía antes hacer con ella, y que había hecho sin fin de veces aquel domingo cuando rogaba a su pupila para que no revelase a nadie el tremendo secreto que le sorprendiera. Mademoiselle retiró la mano con alguna sequedad y se levantó.
—No, no puedo esperar, señorita. Mañana me trae su pensión. No le cuesta nada ganarla. Usted tiene amigos muy... benévolos, que se la darán gustosamente. ¡Oh, gustosamente! C'est ça.
Nacha enrojeció de vergüenza y de ira y contestó: