Uno de los pensionistas, que sospechó lo que era Nacha, le hizo el amor apenas habló con ella dos veces. Era un empleado de un banco, un sujeto meloso y pegajoso, feo, vulgar e insípido. La invitaba a pasear. Quería que fuese con él a Palermo, al cine, a algún teatro, a tomar el té en tal o cual parte. Nacha le manifestaba desprecio, pero el hombre insistía. Terminó por ofrecerle dinero, de pronto, a boca de jarro, una noche que conversaban en el balcón del cuarto de Nacha.
Las pocas noches que Nacha salió fué con mademoiselle. Una tarde la francesa se empeñó en llevarla a una reunión. Nacha, curiosa y deseando divertirse, aceptó. Fueron en carruaje a una casa de la calle Independencia, lejos del centro. En la puerta, Nacha leyó una pequeña placa puesta en la pared, donde debajo de un nombre había estas palabras: "Se enseña la felicidad". Dentro, en una sala de reducido tamaño, había varios bancos y sillas y unas cuantas personas. Un individuo idéntico a los tziganos de las orquestas, de pie, frente al auditorio, hablaba. En el instante de entrar, el individuo ordenó: "Cadena general". Nacha no pudo menos de reir, porque aquellas palabras le recordaban el baile llamado de lanceros. Mademoiselle la amonestó con una mirada seca y solemne. Los concurrentes, hombres y mujeres, apenas oyeron la voz de mando, se dieron todos de la mano y así permanecieron un instante hasta que el individuo, adoptando una actitud llena de unción, dijo que ya el espíritu había penetrado en él. Uno de los presentes hizo varias preguntas al espíritu y el hombre contestó a todas, en un tono quejumbroso, lánguido, como de ultratumba. Cuando terminaron las preguntas, Nacha, que estaba asustada al principio, quiso hablar con Riga para preguntarle qué debía hacer. Pero no se atrevió, además de que ya era tarde y el hombre dió por concluida la sesión.
Cuando volvieron a la casa no hablaron Nacha y mademoiselle sino de la reunión espiritista. Mademoiselle creía a pie juntillas en todo aquello. Y al mismo tiempo era católica, muy devota, y hasta amiga de unos Padres franceses que solían ir a la casa. Nacha preguntaba a mademoiselle si los espíritus lo sabían todo.
—Oh, oui, todo, todo... El pasado, el porvenir, lo que a usted le conviene, todo, todo...
—¿Mejor que las cartas, entonces? ¿Y que las adivinas?
—Oh, mucho mejor, ma petite. Las adivinas, ciertas veces, engañan. Pero los espíritus, usted sabe, ma cherie, no engañan jamais. ¿Cómo quiere que un espíritu engañe? Oh, c'est pas possible, mon amour!
Nacha solía recibir la visita de una mujer que le sacaba las cartas, una vez por semana. Pero eran tan vagas las respuestas que pensó consultar a la madre Antonia, la famosa adivina de Barracas. Ahora prefería hablar con Riga, mediante el profesor de felicidad. Sabía que el poeta no iba a engañarla, pues era bueno, sincero y la quiso siempre de veras. Sin embargo, en las otras dos o tres veces que fué a la reunión espiritista no se animó a invocar el espíritu de Riga. No fué por vergüenza o por pudor, sino porque temió que Riga se enojase y le reprochara duramente su vida.
Una mañana le ocurrió a Nacha con mademoisselle un incidente pintoresco.
Nacha solía entrar en la pieza de mademoiselle sin llamar. Pero siempre entró a la tarde, o a la noche, o en las altas horas de la mañana. Ocurrió que aquella mañana de octubre era domingo y Nacha, que había madrugado para ir a misa, quiso abrir la puerta de mademoisselle, que resistía como si estuviese atrancada con una silla. La francesa debió gritar: "no entre", pero Nacha, oyendo mal, empujó. Y apenas pisó el umbral dió un grito, y, cerrando la puerta bruscamente, huyó corriendo. Había visto a mademoisselle incorporada en la cama, con los ojos inyectados, y junto a ella dos tremendos bigotes que pretendían ocultarse.
—Oh, señorita Nashá, si usted supiera...—le dijo después mademoisselle, muerta de vergüenza, colorada, tartamudeando.