Nacha se preguntaba con terror si mademoiselle sabría algo de su vida, y llegaba a la conclusión de que lo ignoraba todo, pues de no ser así la habría arrojado de la casa. Con tantas declaraciones de pureza y santos principios, confirmados por la austeridad y rigidez de las costumbres, Nacha llegó a admirar a mademoiselle como a un ser sobrenatural. Hasta la tomó como modelo y deseó imitarla. Sugestionada por la francesa, no quería ni salir a la calle, pensando que en la calle estaban la tentación y el vicio.

Permanecía el día entero en su cuarto, recordando los incidentes de los últimos días, soñando, preguntándose quién era Monsalvat y qué pretendió de ella. ¿Era realmente lo que parecía? ¿O sería un farsante y un sinvergüenza, que se valía de un lenguaje noble y afectuoso para quitársela a Arnedo y llevársela con él? Podía ser así, pues para los hombres todos los medios eran buenos cuando se trataba de conseguir una mujer de su capricho. Y que ella había gustado a Monsalvat no tenía duda. Recordaba cómo sus ojos se cruzaron, la primera vez que se vieron, a la salida del cabaret; cómo la había seguido hasta su casa; cómo había vuelto al cabaret para verla; cómo había salido en su defensa. Porque ella no creía que por piedad o por lástima se hubiese él expuesto a las injurias y a las violencias de la patota; un hombre sólo se expone por amor. Además, Nacha recordaba las miradas de Monsalvat, antes del incidente. No, no podía dudar; aquel hombre la quería.

Pero ella, ¿debía agradecérselo? No sabía si amarlo o detestarlo. A veces, creía que lo adoraba; pero otras, al pensar que estaba en medio de la calle y que tendría que volver a la vida, lo odiaba con todas las fuerzas de su alma. ¿Por qué fué a la casa, a atormentarla? ¿Por qué le dijo aquellas cosas, sabiendo que una mujer como ella no puede cambiar de vida, porque está maldita? ¿Sería un perverso Monsalvat, que sólo pretendía hacerle mal?

Su cabeza se confundía entre todas estas preguntas e indecisiones. A veces, se echaba a sí misma la culpa de su situación. Se reprochaba haber arrojado de la casa a Monsalvat, en lugar de haber aceptado el afecto que le ofrecía. Debió ella haber pedido que concretara sus propósitos, que le expusiera un plan y le dijese en qué forma estaba dispuesto a ayudarla. Tal vez se hubieran entendido. Tal vez ahora vivieran juntos... Y al pensar esto, Nacha sentía un extraño rubor subiéndole a la cara.

Mientras tanto, Nacha vivía del dinero que le entregaron por algunas alhajas. Se arrepentía no haber aceptado la suma que quiso darle Arnedo. Al fin y al cabo, ¿no era ella una... mujer perdida? ¿Qué tantos escrúpulos para aceptar un dinero, ella, que vendía su cuerpo por dinero? Mademoiselle había exigido el pago adelantado de la pensión, de modo que tuvo que desprenderse de una pequeña alhaja el mismo día que se instaló. Quedábanle otras, pero tan modestas, que no le darían ni para vivir un mes.

Al salir para siempre de la casa de Arnedo no tuvo la intención de ser honrada. Convencida de que su destino era ser una mala mujer, tenía resuelto volver de nuevo a la vida. Pero ahora, dos cosas la detenían: el recuerdo de Monsalvat, y mademoiselle. Mientras viviese en aquella casa jamás incurriría en una falta grave; sería cometer una deslealtad para con mademoiselle. La virtud de la francesa la tenía impresionada, y le había hecho admirar la Virtud. Encontraba un gran encanto, una verdadera tranquilidad en vivir honestamente. No era la ausencia de remordimientos lo que más le atraía, sino la pureza en sí misma.

Pero más fuerte que todo esto, mucho más fuerte, era el recuerdo de Monsalvat. Ella lo había arrojado de la casa, hasta creía haberlo injuriado. Pero él la había vencido, dejándole una marca para siempre, inyectándole algunos conceptos y argumentos fundamentales que ella jamás olvidaría. Con amor o sin amor hacia aquel hombre, el hecho era que no pasaba un cuarto de hora que no pensase en él, y que este recuerdo, mientras permaneciese en su espíritu, le impediría recomenzar "la vida". Si alguna vez, llevada no por exigencias de dinero sino fisiológicas o simplemente por hábito del vicio, pensó en caer de nuevo, inmediatamente la imagen de Monsalvat se le presentó a sus ojos, tiránica y a la vez bondadosa, conminándola a abandonar la tentación.

Transcurrió así un mes y medio. Nacha vivía en el aburrimiento y en la más absoluta inacción. Se levantaba a las once, almorzaba con los demás huéspedes, pasaba la tarde recostada en un sillón, pensando, leyendo, o dejando vagar a su imaginación un tanto lenta, o en charla confidencial con mademoiselle. No salía casi nunca. A la noche, después de comer, jugaba a las cartas con algunos de los huéspedes y se acostaba muy tarde.

No quería visitar a sus amigas, temiendo que le devolviesen la visita y la comprometieran con mademoiselle. Y menos a sus antiguos amigos, que podrían ir a la casa con cualquier pretexto. Sólo deseaba salir para averiguar algo sobre Monsalvat. No tenía la menor idea sobre sus ocupaciones, sus amistades, su posición, los lugares que frecuentaba. Estaba segura de que al cabaret sólo había ido por excepción, casualmente quizás, y que, no teniendo esperanza de encontrarla a ella, no volvería jamás.

Con los pensionistas había hablado de él, pero no logró ningún dato porque ellos no lo conocían. Solamente uno dijo haber leído artículos suyos en el gran diario La Patria. Nacha habló por teléfono a La Patria, preguntando el domicilio de Monsalvat, pero le contestaron que lo ignoraban.