—¡Cómo no, mademoiselle! Con mucho gusto...

Sentábase junto a Nacha y le decía cuánto cariño le había tomado, su deseo de que nunca dejase aquella casa y el placer que le daba su conversación.

—¡Es una señorita tan buena, usted, Nashá!

—¡Qué he de ser buena, mademoiselle!

La francesa continuaba en sus elogios, hasta que llegaba el momento de las averiguaciones. Quería saberlo todo. Si Nacha tenía familia, en qué había trabajado, de qué vivía. Nacha temblaba cuando mademoiselle comenzaba con sus preguntas. No sabía qué contestarle. Si en lugar de la francesa hubiera sido otra persona, se habría incomodado; pero como era mademoiselle, atribuía aquel testarudo interrogatorio al cariño que sentía por ella, al deseo de serle útil y de conocerla mejor.

—¿Para qué quiere saber?—exclamaba Nacha algunas veces.

—Oh, no es por nada, señorita Nashá. No vaya a creer. ¡Es que yo la amo tanto! Usted es una señorita tan gentil, tan pura...

Cada vez que mademoiselle hacía alusión a la pureza de su pupila, Nacha se ruborizaba. La francesa observaba de reojo y quedaba compungida, ruborizada también.

—¡Oh, yo veo bien lo que es usted! No como otras que yo he conocido. Yo amo tanto la virtud que no comprendo cómo algunas mujeres... Yo no sé... Usted sabe, yo he sido educada en principios tan puros, tan puros... Mis padres eran muy religiosos, y verdaderamente austeros. Ellos me inculcaron sus principios, y por eso yo soy tan exigente en esta materia que no permito, no acepto, la menor falta. ¡Oh, no, no! Todo, menos las faltas contra la pureza...