—No sé dónde está. Si llegara a averiguarlo...

Al despedirse, los dos hombres se dieron la mano. Arnedo acababa de comprender a Monsalvat. Sabía que no era un cobarde. Sabía que lo perdonaba. Sabía que había en él algo que no había en los demás. Lo acompañó hasta el ascensor, y allí le dió otro apretón de mano.

Monsalvat fué a la casa de Torres. El médico estaba en su consultorio. Escuchó los deseos de su amigo, sin mirarle, para no aumentar su dolor y su vergüenza. A Monsalvat no le importó hablar de su hermana ante Arnedo, pero ante Torres, ¡qué tremendo esfuerzo le costó! Y aún faltaba lo peor: decirle que también quería encontrar a Nacha.

Torres iba a creer que estaba enamorado y tal vez se reiría. Pero no fué así, sin embargo. Cuando Monsalvat, reuniendo todas las fuerzas de su espíritu, le habló de la necesidad de buscar a Nacha, Torres contestó que era efectivamente necesario buscarla.

Y era que él también había comprendido a Monsalvat.

X

La casa de pensión donde Nacha se había instalado pertenecía a una vieja solterona francesa, mademoiselle Dupont. A Nacha la había conquistado mademoiselle con sus modos amables, sus finezas, su politesse, su solemne aspecto de virtud y austeridad. La pobre Nacha no había sido en su vida muy bien tratada, sobre todo durante los últimos años; y ahora, al verse rodeada de atenciones, estaba encantada. Atribuía a cariño y simpatía las amabilidades de memoria de mademoiselle, y consideraba que la francesa le hacía un honor inmenso, increíble, al demostrarle su afecto. En realidad, mademoiselle era tan arrugada de espíritu como de cara. Su sentimentalismo, puramente verbal, consistía en el abuso de ciertas palabras y frases cariñosas o compasivas como ma petite, ma cherie, oh quelle douleur, tres gentille y otras. Al oirla se creería que para ella todo era delicioso, encantador, exquisito, digno de compasión, de simpatía. En el fondo, hija de unos protestantes de Bayona, pero católica, era una mujer seca, egoísta, y un poco ridícula. A todos sus pupilos los trataba como a Nacha, y les prodigaba parecidas amabilidades. Mademoiselle tendría cuarenta y cinco años, pero representaba más de cincuenta. Era alta, rígida de movimientos, ligeramente rubia. Tenía un rostro un tanto hombruno, de facciones angulosas; la nariz muy puntiaguda y el borde superior de los dos agujeros excesivamente recortados hacia adentro. La cabellera le daba cierto aire fantástico; usaba un peinado alto y anticuado que le cubría gran parte de la frente, le tapaba las orejas, y en los lados se desflecaba hacia los hombros y la cara. Cuando quería ser amable, hablaba inclinándose ceremoniosamente hacia su interlocutor, y sonriendo siempre y achicando sus ojuelos, ya pequeños de por sí.

Mademoiselle solía visitar a Nacha en su cuarto.

—¡Siempre solita!—exclama juntando las manos y moviendo la cabeza.—¿Permite un poco de compañía?