Hablaba en tono que pretendía ser mordaz, ocultando el enojo que le producía la presencia de Monsalvat. Pero Monsalvat había recuperado su dominio de sí mismo. Y serenamente, declaró que nada tenía con Nacha. La prueba era que ignoraba su salida de aquella casa. Si algo hubiese habido entre ellos, ¿no eran diez días un plazo demasiado largo para pasarlo sin verse ni una vez?
—De todos modos—dijo Arnedo, convencido del argumento—, no tenía usted para qué venir aquí. Y ahora mismo le ordeno que se vaya. Si no, lo echo por la escalera.
Monsalvat no se inmutó. Le miró a los ojos con tanta sencillez, con tanta paz, que Arnedo abandonó su intención violenta.
—¿Por qué tomar las cosas de ese modo?—dijo Monsalvat.—Yo quisiera que usted me escuchase con un poco de paciencia. He venido a ver a Nacha. Pero no con el propósito que usted ha podido suponer, sino para traerle bien. Yo sé que ella desea ser buena. ¿No le parece que es lo justo, lo humano apoyarla en su propósito? Si usted la ha querido alguna vez, no le impida seguir el buen camino, déjela que se salve.
Arnedo le escuchaba con las manos en los bolsillos y los ojos en el suelo. Al principio tuvo deseos de reir, pues todo aquello le parecía una ridiculez, "cosa de sonso". Pero luego acabó por ponerse serio. Se dijera que meditaba las palabras de Monsalvat.
—Pero no es por Nacha solamente que he venido. Quería también hablar con usted. Quería preguntarle dónde está Eugenia Monsalvat.
Dijo esto con una grave elocuencia, en un tono casi solemne que impresionó al patotero.
—Mi madre ha muerto y ella me rogó que la buscara, y debo cumplir el deseo de mi madre, que fueron sus últimas palabras. Nadie sabe dónde está. Arnedo, haga usted una obra de bien y dígame...