—No puedo oirlos llorar. Se me parte el corazón. Soy capaz de todo, con tal de que no padezcan, los pobrecitos.
De pronto Irene soltó el llanto. Monsalvat intentó consolarla, le habló como un hermano. Pero de pronto, se levantó para marcharse. La imagen de Nacha, dominadora y bella, se había instalado en su espíritu. Irene, al ver a Monsalvat que pretendía irse, le tomó primero una mano y luego se arrojó a sus pies, llorando entrecortadamente y pidiéndole que la llevase.
—Seré su esclava, su sirvienta. Usted socorrerá a mis padres y a mis hermanitos. Ellos comerán su pan. Lléveme, señor. Yo lo quiero, lo venero. Si no me lleva, no sé qué será de mí. Me iré con el primero que pase. Seré como Eugenia. Tendré lujo, tendré carruaje, ayudaré a vivir a mi familia.
Monsalvat la obligó a levantarse. Quedaron frente a frente, ella llorando, él pensativo, sombrío.
—Hace un año la hubiera llevado, Irene. Ahora, no me es posible. Pero no es necesario que usted se humille para que yo favorezca a los suyos. Tendrán todo lo que yo pueda darles, todo, Irene. Pero prométame no hacer disparates. Yo seré su amigo, yo vendré a visitarla.
Irene, sin decir nada, se arrimó a un ángulo del cuarto y se puso a llorar con ansias, moviendo la cabeza con desesperación. Monsalvat salió del cuarto con el alma estrujada.
Durante todo el día, Monsalvat pensó en Irene. Pero a la tarde resolvió hacer dos visitas trascendentales: a Nacha y a Torres. No podía demorar más en ver a Nacha, y en cuanto a Torres, necesitaba rogarle que le ayudase en buscar a Eugenia.
Fué primero a la casa de Nacha. Llamó a la puerta, y quedó frío, cohibido, casi asombrado de encontrarse con Arnedo. El patotero lo miró de arriba a abajo, estupefacto.
—¡Era entonces verdad que la sarnosa aquella andaba con usted! ¿Y a qué viene? ¿A buscarla? Sepa que hace diez días la eché. Ahora andará rodando por ahí, como una putilla cualquiera.