Hablaron de Eugenia Monsalvat. Irene la conocía.

—¿Cómo es? Dígame de ella todo lo que sepa. ¿Es buena? ¿Se acordó alguna vez de mí?

Era muy buena Eugenia. Ella la quería mucho. Iba a la casa vestida con mucho lujo. Decían que tenía dinero a montones. Pero Eugenia trataba de hacer todo el bien posible. Nunca se olvidaba de traer algo para la madre de Irene. A Irene le llevaba también algún vestido u otro regalo cualquiera. Y jamás dejaba de darle los mejores consejos. Estaba linda, muy linda. Ella la había oído acordarse de su hermano. Decía que si por algo deseaba no vivir como vivía, era por su hermano, que sufriría tanto de saberla en su situación.

—¿Y dónde está ahora? ¿Usted cree que Moreno la traerá?

Irene enrojeció. A las preguntas de Monsalvat repuso, toda turbada, que su padre no sabía dónde se encontraba Eugenia. Nadie lo sabía tampoco, porque ella nunca quiso dar su dirección. Su padre quería sacarle dinero a Monsalvat. Irene le rogó que no se lo diera, pues lo quería para beber, y él los hacía a todos muy desgraciados en la casa cuando bebía. Era inútil buscar a Eugenia. Nadie tenía la menor idea de dónde pudiese vivir. Sólo quedaba esperar. Eugenia no tardaría en aparecer allí, para visitar a su madre. Y entonces le dirían que había muerto y que su hermano la buscaba.

—Dígale también, Irene, de la mejor manera, que su hermano la perdona y que quiere que vivan los dos juntos.

Monsalvat se había emocionado ligeramente al pronunciar estas palabras y su emoción tuvo un eco inmediato, y para Monsalvat insospechado, en el corazón de Irene. Ambos sintieron que aquella común emoción los acercaba, y se miraron profundamente. Monsalvat tuvo la adivinación de que la pobre muchacha lo amaba.

—¿Y usted?—exclamó Monsalvat.—¿Por qué no tiene un empleo?

—He buscado trabajo pero no pude encontrar. Cosemos aquí, con mamá. Ella sabe bordar y me enseña. ¡Pero ganamos tan poco, tan poco! Hay días que no tenemos qué comer. Nuestra vida es muy triste. ¡Y sin esperanzas de mejorar!

Irene hablaba medio llorosa, como si todos los recuerdos de su miseria se amontonasen frente a ella. Monsalvat callaba, dominado por la pena y la emoción. Irene refirió su existencia detalladamente, relató los malos tratos que les daba Moreno, sus sufrimientos cuando los hermanitos lloraban de hambre.