—No me arrepiento de haber defendido a esas pobres mujeres—dijo, dirigiéndose a Ruiz de Castro.—Te aseguro que no las conocemos. Las imaginamos unas simples bestias, unos seres sin alma, sin personalidad. Y nos equivocamos. Son seres que sienten, sufren, aman y odian lo mismo que cualquiera de nosotros. Y aunque así no fuese, aunque estuvieran bestializadas, ¿de quién es la culpa?
—Una idiotez, echar la culpa a la sociedad de la vida de esa gente—afirmó rotundamente el médico.—Hacen lo que hacen porque son degeneradas...
—No son degeneradas; son víctimas. Muchas quisieron trabajar, y los salarios irrisorios y las deudas las arrojaron al vicio. Algunas pocas serán degeneradas, hijas de alcoholistas; pero del alcoholismo de los padres, ¿estamos seguros de no tener la culpa? No. La causa del mal, como de otros males, está en mí, en Ruiz, en usted, en aquél que pasa en automóvil. La causa del mal está en el propietario de la fábrica, en el dueño de la tienda, en las leyes criminales que sancionan la injusticia, y en nuestras ideas y nuestros sentimientos. La causa está en nosotros porque nos falta simpatía humana, sentido de la justicia, piedad. Infinidad de esas pobres muchachas podrían aún ser salvadas, pues no han caído enteramente. ¿Y qué hemos hecho para salvar a una sola? Esas muchachas tienen un alma, tienen derecho a la vida, poseen un corazón. Ellas van a morir, como nosotros. Son hermanas nuestras. ¿Y qué hemos hecho? ¿Les hemos dicho a nuestros hijos: no fomentes el mal? ¿Hemos entrado alguna vez en uno de los lugares donde viven, con otro propósito que no sea el de satisfacer nuestro instinto? El comerciante, el industrial, ¿les tendió la mano cuando las vió a punto de caer? ¿Les aumentó el salario? ¿Les dijo una palabra humana, afectuosa, buena? Y nosotros protejamos a ese comerciante y a ese industrial. Para que ellos puedan ganar millones, creamos impuestos sobre el hambre del pueblo. ¿Quiénes son los culpables? ¿Podemos decir que no hemos contribuido, siquiera con nuestra complicidad, a que la pobre mujer se envilezca? Todos somos cómplices de infinitos crímenes. Un collar de perlas representa la muerte de unos cuantos indígenas en el golfo Pérsico o en Ceilán. Y el ajuar de una novia contribuye a la tuberculosis o a la prostitución de una infeliz obrerita.
Ruiz de Castro se había puesto serio. Era un alma buena, accesible a las grandes cosas. No así el otro, que veía todas las cuestiones desde el punto de vista aristocrático. En este caso, él no pensaba que Monsalvat pudiese o no tener razón; sus palabras eran inconvenientes y en consecuencia le irritaba el oirlas. Para este individuo, un hombre de su clase, un caballero, debe tener las ideas y los sentimientos de su clase. Monsalvat, a su juicio, procedía como un plebeyo, como un traidor al defender a los obreros y a las prostitutas, a los esclavos de toda especie. Permitía que se les defendiese en forma protectora o con palabras paradójicas, pero nunca como lo haría un hombre del pueblo o un revolucionario: atacando a la sociedad, insultando a la gente distinguida, despreciando la tradición. Este individuo hubiese maltratado a Monsalvat en aquel momento. Pero como su coraje era de la boca para afuera, limitábase a soltar improperios. Monsalvat sentía lástima de aquel hombre.
Cuando Ruiz y su acompañante se despidieron, Monsalvat se dirigió a la puerta del hotel. En ese instante se volvió y tuvo una penosa sonrisa al ver la boca del médico, abultada de palabrotas. Iba a entrar en el hotel, pero como todavía era temprano—las once de la mañana—se encaminó a la casa donde viviera su madre, para hablar con Moreno.
En la puerta encontró a la hija de Moreno. ¡Qué penosa impresión le produjo a Monsalvat la pobrecita! Se dijera una bella flor pisoteada y llena de la suciedad del conventillo. En sus ojos se leía la vergüenza por aquel padre que tenía, el dolor de la vida miserable, las angustias del hambre. Ella y la madre cosían, bordaban, buscaban por debajo de la tierra los centavos indispensables para aquel pan de cada día que muchas veces faltaba. Ella, Irene, vestía y lavaba a sus siete hermanitos y llevaba las costuras a los registros y las tiendas. Una tristeza, su vida. Una tristeza sin ninguna esperanza. Decían en la casa que el padre intentó venderla y que ella, aterrorizada, huyó con su novio para evitar esa vergüenza. Decían también que el novio la engañó. Y decían que cuando faltaba en la casa el pan, Irene, arreglada con sus mejores galas, iba a buscar el dinero para comprarlo. Monsalvat le había tomado cariño. La vió aquella noche tan humilde, tan dispuesta a cualquier trabajo, tan afectuosa para con Aquilina, tan hábil para preparar los remedios y dárselos.
—Voy aquí cerca—contestó a una pregunta de Monsalvat y con una sonrisa triste.—Hay una mujer que ha perdido un hijito de dos años. Es viuda. No tiene trabajo.
—¿Quiere llevarle algo de mi parte? ¿De nuestra parte?
Dijo Irene que ya ella le llevaba. Eran sus ahorros. Monsalvat insistió tanto en saber cuánto le llevaba, que Irene, aunque avergonzada, no pudo ocultárselo. Le llevaba dos pesos. Monsalvat sonrió con lástima profunda y le puso en la mano todo lo que tenía en su bolsillo. Monsalvat hubiera querido darle a Irene aquel dinero, pero no se atrevió a ofrecérselo. Sospechaba que en su casa sería tan indispensable como en la casa de la viuda.
Moreno había salido, como siempre. Apenas si iba allí para dormir. Su mujer tampoco estaba. Había ido a buscarle trabajo, como mandadero, al mayor de sus hijos. Monsalvat subió a los cuartos de Moreno. Quería hablar a solas con Irene. Ella parecía emocionada de aquella visita. Los cuartos estaban en desorden y pidió a su visitante toda clase de disculpas. Los chicos entraban y salían, mugrientos, flacos, medio desnudos. Irene revelaba su emoción en un incesante parpadeo que le daba una gracia singular.