Mientras Monsalvat iba en camino de su hotel, pensaba que no debía desanimarse. Al contrario, era preciso insistir, luchar contra ellos en beneficio de ellos. Comprendía que faltaba la obra de cultura y que ésta debía ser paralela a aquélla que procuraba el bien material. ¡Pobres hombres los que veían las cosas como sus inquilinos! He aquí que los había embrutecido la triste vida que llevaban. Una organización social vergonzosa los había deprimido y explotado, y desconfiaban de todo, hasta de las mejores intenciones y hasta de aquéllos que sólo ansiaban su felicidad. Ahora más que nunca Monsalvat comprendía cuál era su camino. Ya no dudaba de su deber del momento. El obstáculo le infundía fuerzas y se dijera que una gran luz llenaba todo su corazón.
Iba llegando al hotel cuando alguien, saliéndose de un carruaje, le hacía señas de detenerse. Era Ruiz de Castro, elegante, perfumado, enhiesto, conquistador como siempre. Junto con él bajó del coche Ercasty. Saludó a Monsalvat con afectada cortesía, que contrastaba con el aire de desagrado que mostró al verle.
—Pero hombre,—exclamó Ruiz, dirigiéndose a Monsalvat—no te imaginas el toletole que armaste aquella noche. He tenido una interminable serie de disgustos por culpa tuya.
Y reía sonoramente, muy divertido de todo aquello. El médico miraba a Monsalvat de arriba a abajo, observándole con descaro, o alzaba sus ojos al cielo, sobre todo cuando Monsalvat hablaba.
—También sólo a éste se le ocurre defender a las locas. Las señoras te han supuesto el calavera más grande que existe en todo Buenos Aires. ¡Un libertino formidable, hijo!
—Es sensible que se equivoquen—dijo Monsalvat.
—Yo lo lamento en cuanto esa equivocación es un error y todo error es una fealdad y una llaga. Pero en cuanto a mí, poco me preocupa. No dejaré de ser lo que soy.
El médico se sintió molesto al oir estas palabras y abandonó su actitud pasiva. En su veneración a la Sociedad, no admitía que el individuo fuese otra cosa que aquello como lo consideraba la sociedad.
—Eso es una estupidez—dogmatizó agresivamente.—El juicio público es lo que vale, la sanción general.
Monsalvat no le contestó.