—¿Cuánto ha pagado este mes?—preguntó Monsalvat a su inquilina.

La italiana supuso que pretendía aumentarles el alquiler y creyó del caso afligirse, alegando la pobreza, las deudas, las enfermedades. Monsalvat exigía que le dijesen cuánto pagaba y la pobre mujer, temblando, declaró que veinte pesos. Las palabras de la vieja disgustaron a Monsalvat, que ordenara al encargado cobrar sólo la mitad de los alquileres. Pero la vieja interpretó al revés aquel disgusto del patrón. Se enojaba porque pagaban poco, y ahora le subiría el alquiler. ¡Esta América!

Cuarto por cuarto, Monsalvat fué preguntando cuánto pagaban los inquilinos. Eran quince los cuartos; y como algunos habitantes no estaban, pronto los recorrió a todos. Luego se encaró con el encargado para reprocharle su desobediencia. Ordenó que reuniese a toda la gente y que abandonara la casa ese mismo día. Cuando todos los inquilinos presentes estuvieron reunidos en el patio, Monsalvat les comunicó su decisión: en adelante cada cuarto pagaría la mitad del alquiler.

—Pero esto no durará mucho—continuó—, porque he resuelto transformar la casa. Quiero que ustedes vivan con comodidad y con limpieza y que tengan aire y sol. Quiero que vivan como seres humanos y no como animales. Cuando las obras comiencen, ustedes buscarán otro conventillo donde vivir, y luego volverán a éste, convertido en una linda casa.

Monsalvat esperaba que sus palabras serían recibidas con entusiasmo. Pero no fué así. Algunos torcían el gesto, otros cuchicheaban. Una vieja se puso a hacer pucheros y un gallego protestó contra el abuso de querer echarlos de la casa para subir después los alquileres. Monsalvat llamó al protestador.

—¿No comprende que lo que quiero es el bien de ustedes? Viviendo con higiene, con aire y con luz se enfermarán menos y la vida no les será tan dura.

Pero el hombre no comprendía. Si ellos se encontraban bien, ¿por qué obligarles a aceptar lo que no pedían? ¿Que vivían como los puercos? Y bueno: ¿acaso vivieron antes de otra manera? Eso que decía el patrón: la higiene y el aire, eran buenos para los ricos. ¡Los pobres estaban tan conformes sin aire! Y respecto a la higiene, maldita la falta que les hacía. Además, si la vida de los pobres era dura, no les correspondía a los ricos pretender mejorarla.

—Cada cual en sus asuntos—terminó el gallego.

Y que no les dijeran que sus ofrecimientos eran desinteresados porque no lo creerían. Ya conocían demasiado a los ricos. Todos iguales. Si a veces cedían por un lado era para reventarlos por otro. Así es que podía el patrón marcharse con sus rebajas de alquiler y su reforma del conventillo. No aceptaban la rebaja, no. ¡Ellos no se moverían de allí!

Y al decir esto, clavaba los ojos en Monsalvat, provocativamente. Los que oían, que eran más de la mitad de los habitantes de la casa, aprobaron al orador. Monsalvat, lleno de tristeza y desaliento, les oía decir: "Tiene razón", y veía en algunos las miradas de odio hacia él. No quiso contestar al hombre. ¿Para qué? Se limitó a asegurarles que ese mes sólo pagaría diez pesos cada cuarto, y se alejó, dejando a sus oyentes exaltados y discutiendo.