—¿Por qué no ha cumplido usted mis órdenes?—le preguntó al encargado.
—¡Las he cumplido, hombre, las he cumplido! Pero esta gente no vale ná. Ahí los tiene: son peores que los marranos.
Se trataba de diversas disposiciones higiénicas que Monsalvat no veía realizadas. El encargado era un aragonés testarudo, insolente y entrometido. Gustaba hacerse el gracioso, pronunciando algunas palabras como los andaluces. Parecía inquieto por la presencia de Monsalvat.
—¿Pa qué va usté a hablar con ellos? No le dirán más que mentiras. Hay que darles leña, hombre, y no buenas palabras ni favores.
Pero Monsalvat, apartándole porque se interponía en su camino, se dirigió a uno de los cuartos que vió abiertos. Vivía allí un italiano, empleado municipal, con su mujer y sus dos hijitos. El hombre había ido al trabajo. Monsalvat preguntó a la mujer si el encargado le había transmitido sus órdenes. La mujer dijo que no.
—¿No ve? ¿Pa qué les pregunta ná?—exclamó el aragonés, triunfalmente.
Y agregó, lanzando una carcajada:
—¡El pueblo soberano!
Monsalvat le exigió que se retirase, y el hombre, protestando, se alejó.