Pero Nacha ya no oía ni comprendía. Los ojos se le cerraban de sueño y no tardó en dejar caer la cabeza sobre sus brazos y quedar allí en la mesa profundamente dormida.

Se levantó muy tarde al día siguiente. La sirvienta le entregó unas líneas de Arnedo. Le decía el amigo que no quería verla un minuto más en la casa, que podía irse con Monsalvat o con quien fuese. Necesitaba el lugar de ella para otra, y le incluía un billete de cien pesos.

Nacha estaba serena, aunque avergonzada del espectáculo de la noche anterior. Se alegraba de que su amistad con Arnedo terminase así. Era mejor concluir de una vez. Ahora le parecía que él también le tenía ley. Si no, ¿por qué le escribía en lugar de echarla a puntapiés o por medio de la sirvienta? Era una delicadeza extraña en el Pampa. Tuvo la tentación de quedarse, por capricho únicamente. Pero no. ¡Al diablo el Pampa! Quería ser honrada, ensayaría.

Escribió dos palabras a Arnedo, para asegurarle que no le guardaba rencor ni antipatía y para devolverle los cien pesos. Luego arregló su baúl, tranquilamente, sin pensar en nada. Cuando acabó, lo hizo bajar, y llamando un carruaje dió la dirección de una casa de huéspedes, cuyo aviso leyera en La Patria. "Casa seria, de confianza", decía el diario. Nacha había sentido una gran alegría al tropezar con este aviso. Ya se imaginaba que había andado buena parte del camino de la honestidad.

IX

La muerte de su madre y todo cuanto ella le refiriera sobre Eugenia, habían producido en Monsalvat como un sopor de la voluntad y del entendimiento. Se dejaba vivir, se abandonaba a la corriente de las horas que pasan, como una pequeña planta en medio de un gran río. No soñaba, no pensaba, no recordaba. Alguna vez, sin embargo, supuso que aquel estado de pasividad espiritual debía ser análogo al de Nacha, que se dejara arrastrar por la vida sin pensamiento, sin voluntad y sin ensueños.

Pero esta situación no podía durar largo tiempo en un espíritu como el de Monsalvat. A los pocos días de la noche en que murió su madre, ya comenzó a sentir la necesidad de la acción. Dos preocupaciones le acosaron: la de encontrar a su hermana y la de resolver la situación de las pobres gentes de su conventillo.

Una mañana el corredor encargado de hipotecar la propiedad le refirió que el asunto estaba ya arreglado. No había sino que escriturar. El Banco le entregaba cédulas por valor de cuarenta mil pesos. Monsalvat se trasladó inmediatamente al inquilinato.