—No, no, no... Nada de explicaciones. Todo terminado, jóvenes amigos. Y ahora, alegría y felicidad. ¡Champaña! A ver usted, ¡dos botellas de champaña!

La sirvienta, que entrara en este instante, acató la orden del intruso y se apareció con las dos botellas. Amiral brindó por la paz y el eterno amor de los esposos Arnedo, y volvieron otra vez las risas, los gritos, los bailes, los ruidos, la música de los cuchillos en las copas. Arnedo exigió que Nacha declarase que no pensaba abandonarlo, y Nacha dijo lo que le pidieron. Entonces, bajo la protección de Amiral, se reconciliaron. Arnedo sacó a Nacha de su asiento, llevándola al suyo, la sentó sobre sus rodillas y la acarició, entre las protestas burlonas y las risas y gritos de los demás. "¡Ché, ché! Hasta ahí no más... Ya basta. Mirá que nos vamos", le decían los amigos.

La primera botella se había ya terminado y estaban en la segunda, cuando Nacha, que se iba poco a poco entristeciendo, se soltó a llorar.

—¿Qué significa esto?—preguntó Amiral.

—Nada—dijo Arnedo.—Cada vez que se mama le da por lloriquear.

Nacha, completamente ebria, comenzó a hablar. Los demás se reían como locos viendo sus gestos, sus muecas, oyendo aquellas cosas incoherentes que decía.

—¡Tanto que lo quise y se ha muerto!—gemía Nacha, entrecortando las palabras.—Estuvo aquí esta tarde, me dijo que me quería, y ya se había muerto. No hubo un hombre más bueno ni más santo... ¡Ay, Dios mío! Lo que hizo en el cabaret no lo hace nadie. ¡Carlos Riga se llamaba! ¡Desgraciada que soy! Me dijo que sufriera... Era necesario sufrir... Pero yo quiero vivir, vivir... Quiero vivir y sufrir. ¡Me ofreció su amistad! ¿Y para qué? ¿Para morirse? Todos los que quiero se mueren. Se ríen ustedes de mí... ¿Y por qué? ¿No digo la verdad? Soy una arrastrada, pero soy mujer, y he sufrido y fuí madre y sé lo que es el cariño... No me iré de esta casa...

—¡La ha agarrado lindo, la Nacha!

—¡Es mejor la tranca que el pasador!