—Yo no sé nada—dijo una de ellas.

—Es la primera vez que oigo esa historia—aseguró la otra.

Arnedo, que estaba de pie, junto a la mesa, se apoderó de su copa que quedara llena de vino y la vació de un trago. Permaneció pensativo unos segundos, y en seguida, llevándose la mano derecha a la cintura, le gritó a aquel de sus amigos con quién hablara aparte aquellas palabras que sorprendió Nacha:

—Me había olvidado... No puede ser si no vos el chismoso y el traicionero. ¡Mal amigo! Siempre te creí un canalla, y ahora me las vas a pagar todas...

Había sacado el revólver, y lo blandía arriba y abajo, en todas direcciones. Los otros amigos le sujetaron el brazo, pero no le quitaban el arma temiendo que hiciera fuego. La escena hubiera acabado desastrosamente a no entrar Amiral. Este Amiral era el prototipo del calavera pobre. Frecuentaba las garçonnieres, los "cotorros". Siempre se le veía junto a alguna pareja, sin compañera propia, naturalmente. Bebía el champaña que pagaban los otros, iba en los automóviles de los otros y hasta recogía algunas migajas de los amoríos de los otros. Muy alto, muy flaco, de brazos interminables, piernas esqueléticas, cara chupada, bigotes gruesos y torcidos hacia arriba, ojos saltones que parecían de vidrio, el pobre Amiral estaba lejos de ser un tipo interesante. Además su eterna pobreza le convertía en un ser ridículo. Pero Amiral nació para la vida galante. En el siglo XVIII hubiera sido un marqués enamorado y madrigalesco. Ahora sólo era un infeliz. Su prestigio, porque aunque parezca extraño lo tenía, provenía de sus viajes a Europa. En nuestro país nada procura tanto respeto y buen nombre como el haber viajado por Europa. Cuanto más tiempo allí, más méritos. Amiral viajaba cada dos años. Viajaba pobremente, llevando él mismo su maleta, no usando jamás coche, no dando casi propinas. Generalmente se instalaba en París, donde vivía a costa de los argentinos. No conocía de París sino la vida galante, es decir, la triste vida galante de los bulevares, de L'Abbaye d'Theleme, de los cabarets y de las casas amuebladas de la Chaussée d'Antin. Pero en Buenos Aires todo esto le encumbraba gloriosamente, y él hablaba con fruición de la vida galante en París. Al oirle, se creyera que fué amante de alguna gran cocota, pero en realidad a las mujeres de este género apenas las había visto dos o tres veces y muy de lejos. Él decía que en Buenos Aires "no había ambiente", y sus amigos acataban la autoridad de Amiral, y le compadecían y se compadecían por no estar en París. Cuando en los círculos que frecuentaba se discutía sobre mujeres, no era raro oir que se invocase la autoridad de Amiral: "Amiral dice que en París...". Y ya nadie discutía más.

—Pero, señores, ¿qué es esto? Parece un campo de Agramante.

Entró riendo como siempre y haciendo vastos gestos con sus brazos, que movía de adentro hacia afuera, los dos a un tiempo, describiendo grandes curvas.

—No es posible... Muchachos distinguidos como ustedes, buenos amigos...

La intervención de Amiral desarmó a Arnedo, que guardó el revólver. Una de las mujeres quiso explicar el incidente, pero Amiral la detuvo, oponiéndole sus manos, allá en el extremo de sus quijotescos brazos interminables.