—Ché, ché, sujetá hermano—gritaba Arnedo al Loro, para que bajase de la mesa.
La sirvienta, parada en el umbral, contemplaba aquella escena y se retorcía de risa. Era una baraúnda de gritos, chillidos, ayes, cantos, golpes sobre las copas, interjecciones, malas palabras. Por fin Nacha se puso a bailar la jota. Arnedo se le fué encima, y, abrazándola, gritó desaforadamente:
—¡Así te quiero ver, mi negra! ¡Ahora te reconozco!
—Salí, andáte con la de Belgrano. Ya me podés echar porque tenés quién te tolere...
Arnedo se quedó paralizado, mirando en redondo. Con su inteligencia nublada no podía recordar a quién había contado. Tenía los ojos fijos en Nacha, como traspasándola.
—Me vas a decir quién fué... ahora mismo. Si es que no me has hecho seguir... Porque sos capaz, grandísima....
Nacha le miraba con asombro, sin comprender casi.
—¿Qué? ¿Qué he dicho yo?
Arnedo iba a abofetear a Nacha, que se llevó las manos a la cara, para defenderse. Estaba hecho una furia. No le importaba que Nacha supiese sus aventuras; él mismo se las había contado más de una vez. Lo que le irritaba, humillándole en su criterio de compadrón, era que ella lo dejase, y que hubiese encontrado un pretexto para ello. Él creía que Nacha se iba con Monsalvat; y esta idea de que su querida prefiriese a otro, se le hacía intolerable.
¿O te han contado éstas?—exclamó de repente, asaltado por una idea, y encarándose con las otras dos mujeres.