En el comedor Nacha se esforzó con más éxito por parecer alegre. Bebió vino con exceso, pero disimulando. Ya no le importaba nada de Arnedo, pues sabía que su suerte estaba decretada, pero quería "dejar una buena impresión de ella" en todas las personas que la rodeaban y a las que nunca tal vez volvería a ver.
Mientras tanto, el recuerdo de Monsalvat y de Riga no se borraba de su imaginación. Veía a los dos en el fondo de la copa; en medio de las puertas, mirándola tristemente y reprochándole con los ojos su conducta; en frente de ella, a su lado. En una ocasión, habiéndola hablado uno de los amigos de Arnedo, creyó que era la voz de Monsalvat y estuvo a punto de nombrarle al volverse. Pero en seguida se dió cuenta, y tapándose la boca con una mano se ruborizó ligeramente. Otra vez le pareció que Riga entraba, y adelantó el cuello hacia la puerta, con cierto asombro de sus comensales.
Arnedo y sus amigos hablaban de las fiestas del Centenario de la Revolución, que aún duraban; de teatros y cabarets, de la belleza de las artistas, y de las carreras. Comían allí tres mujeres y cuatro hombres. Uno de los hombres llevaba smoking. Eran los mismos del cabaret, los que se burlaron de Monsalvat; y como el suceso no era vulgar, no tardaron en hablar de él.
—Pero, ¿quién es ese idiota?—preguntó uno, aquel sujeto desgarbado, flaco, feo, gesticulante y chillón que daba los ayes burlescos en el cabaret y al que llamaban el Pato.
Todos los ojos se dirigieron a Nacha, los de Nacha miraron inquietos y rápidos a las demás personas de la mesa.
—Es hermano—dijo Arnedo, dándose importancia—de una de mis mejores conquistas. ¿Se acuerdan de Eugenia?
Nacha se quedó fría, helada. ¿Sabría Monsalvat? Y ¿dónde estaba esa Eugenia? ¿Estaría en "la vida" también? Ah, era casi seguro. Ahora se explicaba la actitud de Monsalvat, sus palabras emocionantes de aquella tarde. Monsalvat no la quería en realidad; y no era sólo por ella, Nacha Regules, que tenía tan hermosos sentimientos, sino por su hermana. No había en él sino lástima, porque tenía una hermana así. Y claro: ¿cómo iba a querer un hombre como Monsalvat a una infeliz, a una muchacha de la vida?
Otro de los comensales, el del smoking, un muchachón narigudo y altísimo, apodado el Loro, afirmó que Monsalvat escribía en La Patria. Varias veces él vió artículos con ese nombre al pie. Los cuatro hombres creyéronse entonces obligados a expresar su desprecio por Monsalvat. Un hombre que se pasaba las horas escribiendo y leyendo debía ser forzosamente un sonso. El desprecio de estos muchachos era sincero. Productos de la incultura que les rodeaba, veían en los hombres de estudio a sus más fuertes enemigos. No comprendían que se pudiera vivir para otra cosa que para el placer, y entendían por placer la satisfacción de sus instintos primarios. Odiaban el libro y aun el periódico, adivinando en la obra de la inteligencia una fuerza poderosa que podría acabar con sus indiadas.
Mientras comían, trataban de ser graciosos. Pero las gracias, para estos descendientes de Moreira, consistían en referir estúpidos chistes a los que llamaban cuentos alemanes, en arrojarse pelotillas de miga, en ponerse a cantar o a gritar súbitamente. A lo mejor, el Pato se hacía el que lloraba; era su gracia predilecta. O el Loro se levantaba, desaparecía y volvía con un sombrero de mujer en la cabeza. O el Pampa, con el revólver al aire, hacía como si pelease con una sin dejar ni un segundo de vociferar enormidades. Y los demás coreaban con risas y con incoherentes músicas.
Nacha, ya alegre enteramente, comenzó a canturrear y a golpear con el cuchillo en el vaso. Los compañeros la siguieron y en un instante se formalizó una orquesta. El Loro se subió encima de la mesa para dirigir; los demás se habían parado en distintas sillas.