Pero, ¿cómo hacer? Nada se le ocurría que fuese realizable. Comprendía que Monsalvat le hubiera dado la solución, y se desesperaba, maldiciéndose e injuriándose, por haberle arrojado de la casa. Ella confiaba en que Monsalvat no habría de ofenderse, que le perdonaría todo. Pero ¿dónde encontrarlo ya que era poco probable que él la buscara? ¿Quién era? ¿En qué se ocupaba? ¿Qué amigos tenía? ¿Qué lugares frecuentaba? No sabía nada, absolutamente nada, fuera de su nombre.

Por un singular fenómeno, Nacha empezaba a confundir a Monsalvat y a Riga. ¡Cosa extraña: no podía pensar en uno sin pensar también en el otro! Las cualidades de Monsalvat se las aplicaba a Riga y las del poeta bohemio a Monsalvat. Tal vez tuvieran algo de común espiritualmente, pero en lo físico eran muy desemejantes. Monsalvat daba una impresión de serenidad; Riga, al contrario, parecía todo nervios y exaltación. Por otra parte, Monsalvat era un espíritu fuerte; Riga, un débil, un abúlico. Monsalvat tenía todas las condiciones para triunfar en la vida, y en cierto sentido relativo había triunfado; Riga era de aquéllos que nacen destinados al fracaso, era del número de los vencidos de sí mismos, de los vencidos de la vida. Pero fuera de estas diferencias, los dos fueron buenos, generosos, nobles, sin envidia, sin maldades de ninguna clase. ¡Ah, qué suerte tuvo ella en haber encontrado un amigo como Monsalvat, y qué desgracia tan tremenda, tan irremediable el haberlo perdido para siempre!

Cuando a la noche llegaron Arnedo y luego sus amigos y sus amigas, Nacha estaba absolutamente fúnebre. Quería hablar, reir como los demás, pero las palabras se le quedaban en la punta de los labios y la risa se le convertía en tristeza. No sabía cómo ocultar sus preocupaciones; y todo fué inútil, porque Arnedo y sus amigos no tardaron en observarlas. Arnedo parecía disgustadísimo. En cierta ocasión, desde una pieza vecina, Nacha sorprendió al Pampa y a uno de sus amigos este diálogo:

—¿Pero y por qué no la largás, hombre? Una mujer que todo el día se lo pasa con cara de Viernes Santo...

—Antes no era así. Ninguna como ella para conversar, para bailar, para dirigir la cocina, para vestirse, para entretener a la gente con mil cantitos y musiquitas... Era antes muy divertida, Nacha. Y buena, ardiente...

—¿Y qué le pasará?

—De todos modos estoy resuelto a dejarla. Te conté de aquello... el asunto de Belgrano... Pues va así—dijo levantando el brazo con el puño apretado.

—Entonces, ya tiene Nacha sustituta. Pero contáme, hombre. ¿Ha habido hoy novedades?

Nacha no quiso escuchar más y fué a la salita, donde se reunió con las otras dos muchachas, algo menos triste después de oir lo que había oído.