En el carruaje, preguntó al procurador por Eugenia. Según la madre, Moreno sabía su domicilio, pero lo ocultaba para obtener dinero. Y en cuanto a Eugenia, no quería que supiesen dónde vivía. Moreno aseguró no acordarse. Pero averiguaría.

—Es algo difícil, mi doptor, pero basta que usted... Nuestra pobreza, como comprenderá...

—Tendrá el dinero que quiera. Pero mañana mismo, ¿entiende? mañana mismo la trae a la casa de mi madre.

Moreno prometió traerla. Y luego se puso a hablar de Eugenia, de su belleza, del lujo que llevaba. ¡Era una desgracia! Pero ¿qué se iba a hacer? Y agregó filosóficamente, para consolar a Monsalvat:

—No hay que afligirse demasiado. ¡Son cosas de esta vida, mi doptor!

Cuando volvieron con el oxígeno, Aquilina acababa de morir.

VIII

Cuando Nacha entró en su casa sentíase algo tranquilizada. El arrechucho de la tarde, al expulsar con violencia a Monsalvat, había pasado casi enteramente. Cierto que aquello trastornó todas sus ideas, hasta el punto de no querer saber nada de lo que hacía un instante fuera el ideal de su vida. El nuevo cambio, la impresión de dulzura que sentía, la tristeza profunda que le causaba el recordar su actitud hacia Monsalvat, eran debidos únicamente a su visita al cementerio. Parecía que el espíritu de Riga la hubiese dulcificado, la hubiese penetrado de bondad. En su mansedumbre de ahora, ni siquiera comprendía aquel impulso extraño que le hiciera echar de su casa a Monsalvat.

Había vuelto a desear ser buena. Dijérase que había recogido en el cementerio una lección de bien. Después de haber visto el humilde féretro de su amigo, después de despedirle con lágrimas silenciosas y algunos padrenuestros, ¿cómo había de ser mala? ¿Cómo no querer ahora abandonar la vida que llevaba, y que no era sino el vestíbulo—¡ah, bien lo sabía!—de otra vida peor?