Volvió a llorar. Fernando quiso consolarla, asegurándole que exageraba. Fernando era sincero, pues no creía que en realidad su madre hubiese consentido en la perdición de su hija. No quería creerlo; no solamente por afecto a Aquilina, sino principalmente por amor propio. ¿Cómo resignarse a tener como madre una mujer tan criminal? Pero él sabía que Aquilina no era criminal sino inconsciente, una pobre infeliz, echada a perder por la ignorancia y por el ambiente que la rodeaba.
—Sí, una mala mujer—repetía Aquilina.—Después que mi hija se dedicó a la vida yo la recibí aquí en casa y acepté la plata que me traía. Y al principio, cuando Arnedo la dejó, ella quiso vivir aquí, quiso ser buena. Pero esa mulata la volvió a perder. Y yo lo sabía todo, todo... ¡Perdonáme, Fernando! ¡Perdonáme todo el mal que te he hecho a vos también! Yo he visto más de una vez que eras desgraciado por mi culpa. Si hubiese sido una buena madre hubiera deseado morirme para no perjudicarte. Pero no me importaba nada, ésa es la triste verdad, hijo. Felizmente, ya me voy. Ahora serás libre de esta cadena que debe pesarte tanto. Pronto, cuando nadie se acuerde de esta pobre mujer, no habrá quién te reproche que seas el hijo de la Aquilina Severín. Ya falta poco, Fernando. Siento que me muero. El corazón se me detiene...
Fernando apenas la escuchaba. Al principio, la terrible confesión de su madre le hizo retirar la mano instintivamente. Luego se dobló sobre sí mismo y quedó con los codos en las rodillas, las manos unidas y los ojos cerrados. Aquello le causaba un dolor agudo, penetrante; un dolor que sentía en cada uno de los átomos de su ser. La confesión de su madre le avergonzaba, pero a la vez le liberaba. Parecía que al calmarse Aquilina con la declaración de sus culpas, él sintiera también que una cierta paz comenzaba a adentrarse en su corazón. Al principio creyó que su madre le repugnaría, que la odiaría. Pero al contrario: ahora la amaba más que nunca. Todo el anhelo de piedad que llevaba dentro se concretaba en la madre, y terminó llorando acongojadamente y besando a Aquilina y abrazándola con un cariño que fué la única felicidad de esa mujer en aquellos momentos dolorosos.
—Madre, yo soy el culpable, y no usted—dijo cuando cesó el llorar y la ternura.—Y a declararle eso, a explicarle la razón de mi culpa iba a venir esta tarde, antes que usted me llamase. Yo soy el culpable, sí. Yo soy más inteligente, más culto que ustedes; tengo más conocimiento de la vida; ando entre gente muy superior a ustedes. Me correspondía a mí ejercer una especie de tutela sobre mi madre y mi hermana, vigilarlas, educarlas si era posible. Yo debí ser enérgico. Y no hice absolutamente nada de esto. Iba a la casa de ustedes lo menos posible, para no recibir aquella sensación de ser hijo natural que me era tan molesta. Nunca me interesé realmente por ustedes. Eugenia, ¿qué me debe? ¿Qué consejos le dí con verdadera sinceridad? ¿Cuándo le hablé con el corazón en la mano, fraternalmente? Y después, cuando aquel Arnedo empezó a enamorarla, ¿qué palabras eficaces le dije? Debí quedarme junto a ustedes, acompañarlas para evitar lo que era un peligro común. Y en lugar de esto me fuí a Europa, disgustado de mi madre y de mi hermana, huyendo de ellas, dejándolas abandonadas.
—Yo te hice desgraciado. Has sufrido por mi culpa.
—Por su culpa, no. He sufrido por culpa de la soledad. Pero no importa. Todo eso está ya lejos, madre. He llegado por fin a conocerme a mí mismo y a conocer la sociedad.
Aquilina se reagravó. Fernando, impaciente en espera del médico, dispuso que la mujer de Moreno le aguardase en la puerta de calle. Su madre se ahogaba, necesitando oxígeno probablemente.
—Hay que buscarla—decía ella, casi sin poder hablar.—Necesito que me perdone... Buscarla... Me muero, hija mía...
Fernando pensaba con horror en la existencia que tal vez llevaba Eugenia. ¿Sería una muchacha de mala vida? Recordó a Nacha, e imaginó que quizá ellas se habían encontrado y conocido. Nacha, Eugenia... ¡Extraño destino el suyo! Había pasado toda su vida alejado de esta clase de mujeres, y he aquí que ahora debía mezclarse con ellas, como un hermano. Nacha, Eugenia... ¿Amaba a Nacha? Y si no, ¿por qué pensaba en ella todo el tiempo, aun en medio de sus desgracias? ¿Y a dónde le conduciría su amor? Si encontraba a Eugenia la llevaría a vivir con él. ¿Y por qué no a Nacha también, para que viviesen los tres fraternalmente? Eugenia, Nacha... La hermana y la que amaba. Mezclaba a las dos muchachas hasta hacer de ellas una sola. Sus almas, sus vidas y hasta sus rostros se convertían en uno, y de aquellos dos seres desdichados salía un símbolo del dolor humano. Era la eterna víctima del egoísmo, de la ignorancia, de la maldad de los hombres. Era la eterna víctima de los bienhallados del mundo.
La llegada de Torres le sacó de sus pensamientos. El médico le explicó la gravedad del caso y le envió a buscar oxígeno. Monsalvat se hizo acompañar por Moreno.