Moreno adoptó un aire grave y ofendido, y poniéndose una mano en el pecho declamó:
—Doptor, lo que he oído es una ofensa que...
—Déjese de historias, amigo Moreno, y váyase pronto—interrumpió Monsalvat, retirándose.—Le pagaré bien este servicio.
—Si usted lo manda, mi doptor, así lo haré—dijo él, agachando la cabeza humildemente.—Basta que usted lo disponga, doptor. Lo mismo que en otros tiempos lejanos, que se fueron para no volver, el procurador Moreno será...
El hombre que le acompañaría le agarró de un brazo y se lo llevó. La mujer de Moreno quedó maldiciendo su destino, mientras las otras seguían riendo. Fernando ya estaba en el cuarto de la madre.
Aquilina se hallaba verdaderamente grave. Ciento cuarenta pulsaciones. Un ataque al corazón creía Monsalvat que fuese aquello. ¿Qué hacerle? Se acordó de los paños fríos y se los mandó preparar a la muchacha, que resultó ser la hija mayor de Moreno. La curandera permanecía en el cuarto, entre gozosa de presenciar el futuro fracaso del médico y fastidiada. La mulata estaba a su lado, con la jeta larga, mirando despreciativamente a Monsalvat.
—Déjenme solo con mi madre—ordenó Fernando a las mujeres, que salieron refunfuñando.
Aquilina, al verse sola con su hijo, se puso a llorar. Hasta ese momento no pensó sino en el horror de morirse. El pánico le abría los ojos desmesuradamente y le enturbiaba su mirar. Pero ahora, parecía que la presencia de su hijo comenzaba a hacerle bien. Mientras lloraba, Fernando hacíale caricias en la cabeza y en las manos y la besaba.
—Hijo—comenzó la enferma, cuando pudo hablar;—he sido una mala madre. Quisiera verla, antes de morirme. Buscála ahora mismo, para que venga mañana. ¡Mala madre, Dios mío! Se perdió por mi culpa. Yo sabía todo y todo lo permití...