Moreno tenía ademanes de persona bien nacida, y en medio de su miseria revelaba su buen origen. Olía un poco a bebida barata, y no andaba muy limpio. Pero en la oscuridad del corredor parecía mejor de lo que era.

—Lleve entonces esta carta, urgentemente. Se va en un automóvil y espera. Tiene que traer en seguida al doctor Torres.

Fernando le dió el dinero y le recomendó que se apresurase. E iba a retirarse cuando una mujer que allí estaba dijo:

—No lo deje ir solo, señor. Se va a meter a chupar en el primer almacén...

—Es la compañera de mis luchas y privaciones—dijo Moreno declamatoriamente.—Vea cómo me trata, doptor. ¡Y me lo debe todo! Le he dado diez hijos y mi nombre, elevándola hasta mi posición social...

—Es un infeliz, señor. Y no tenemos diez hijos sino siete. Dice eso para que usted le dé plata.

La mujer hablaba entre enojada y risueña. Los otros hombres y mujeres que allí estaban, sin acordarse para nada de la enferma, reían.

—Mejor es que lo acompañe mi marido—dijo una de las mujeres, indicando a un hombre.

—Bien. Acompáñelo—dispuso Monsalvat.