Cuando aquella noche Fernando llegó al departamento donde vivía su madre, encontró llenos de gente los cuartos. Adivinando que su madre estaba moribunda, corrió a su dormitorio con el corazón apretado. Allí estaban la mulata y otra mujer haciendo curaciones y una muchacha como de veinte años, muy bonita y decente.

Monsalvat apartó a las mujeres y se inclinó para besar a su madre.

—¿Han llamado al médico?—preguntó luego.

—Oh, ¡qué médico ni qué macana!—exclamó la mulata despreciativamente.—Ahí tiene a Mamita Juana, que sabe más que todos los dotores juntos.

Fernando, sin contestarle, se dirigió a la puerta. Miró a los hombres que allí estaban y preguntó quién podía llevar una carta urgentemente. Un sujeto encanecido y de larga barba, de espaldas encorvadas y vestido miserablemente, se adelantó, extendiendo una mano.

—¿Ya no se acuerda de mí, doptor Monsalvat? Soy Moreno, el procurador Moreno. Hemos trabajado juntos...

Monsalvat se acordó en efecto de aquel hombre. Fué su procurador durante pocos meses. Luego supo que vivía miserablemente, de pequeñas gangas en los tribunales.

Monsalvat sacó un lápiz que llevaba en el sobretodo, una tarjeta de su cartera y se puso a escribir. Moreno hablaba, mientras tanto.

—Y aquí me tiene, doptor: viviendo, que no es poco trabajo. ¡Ya se acabaron para mí aquellos tiempos en que trabajaba como procurador! Créame doptor que, sin vanidad, me siento orgulloso de mi obra de entonces. La ciencia jurídica de mi país me debe algo. He intervenido en grandes pleitos, y los he ganado. Digo los hemos ganado, porque la verdad es que también debo dar su lugar al abogado. Pues ahora me ve, doptor. Con diez hijos, pobre como las ratas, descendiendo la cuesta amarga...