Poco antes de partir Fernando para Europa, en su último viaje, Eugenia conoció a Arnedo. El muchacho, audaz, dominador, elegante y muy buenmozo, no tardó en enamorarla. La primera vez que la vió, pasando casualmente frente a la casa, le demostró su interés. Fingió asombro al mirarla, como quien recibe una impresión muy fuerte. Se detuvo un instante en la vereda y luego se instaló en la esquina. Pasó varias veces frente a ella y terminó por acercársele. Eugenia, que estaba en la puerta, sola, se hizo un poco hacia atrás, pero Arnedo le tomó la mano, al tiempo que le clavaba los ojos y le ordenaba:
—¡Quédese!
—Pueden venir.
—No me importa nada. La he visto y me he vuelto loco—exclamó él con simulado arrebato.
Hablaron. Se dijeron sus nombres. Él declaró una pasión fulminante, al tiempo que acariciaba la mano de ella. Durante algunas noches conversaron en el zaguán, unidos de la mano. Eugenia no dudó de la pasión de Arnedo, quien le prometió que se casarían muy pronto.
Eugenia no quería ir a la cita que le exigía su amante. Le había tomado un poco de miedo. Pero como era un temperamento pasivo, dócil a la voluntad masculina, y un tanto tímida,—sin contar con el placer que naturalmente recibía en las caricias,—se prestaba a todo en el zaguán, hasta el punto de que Arnedo, viendo imposible la cita, resolvió allí mismo el problema que le preocupaba. Desde ese momento el muchacho fué dueño y señor de Eugenia. La madre y la mulata sabían de aquellos amores, pero habían dejado hacer: la madre porque sospechaba que Arnedo era el hombre que ella esperaba y confiaba en la habilidad de su hija para atraparlo; y la mulata por pura afición celestinesca.
Un buen día, cuando Fernando se encontraba en Europa, Eugenia huyó con Arnedo. Aquilina imaginó que era el golpe anhelado. No se lo explicaba, a la verdad, pues bien pudieron tratar con ella aquel asunto; pero sospechó que tal vez ahora los procedimientos habían cambiado. Por su parte Eugenia, cuando vió que Arnedo la llevaba a su casa, a su garçonniere, pensó que aquello sería "una cosa seria". Pero Arnedo la dejó después de un año. Eugenia volvió a vivir con la madre, que sólo le reprochó su inutilidad para atrapar a los hombres. La muchacha estuvo avergonzada durante algunas semanas, sobre todo en presencia de sus conocidas del barrio. Esto pasó poco después, apenas la mulata le consiguió otro amante. A este amante sucedió otro, y otro más tarde. La muchacha no tardó en asistir a una casa que le recomendó la mulata, hasta que se perdió completamente. Un día, viendo que no podía vivir junto a su madre porque la perjudicaba, y además porque le desagradaba su tolerancia para con ella, se fué de la casa. Ni siquiera dijo a dónde iba. Durante meses nada supo Aquilina de su hija.
A Fernando Monsalvat le ocultaron la primera fuga de su hermana la que ocurrió durante su primer viaje de dos años. Pero como al no recibir cartas de Eugenia él exigiese una explicación, no hubo más remedio, poco tiempo después de la definitiva escapada, que declararle la verdad. Cuando volvió de Europa quiso saberlo todo. Le dijeron que huyó con un tal Arnedo y que nada más sabían de ella. A Monsalvat le disgustó tremendamente la actitud de Eugenia, sobre todo por lo que a él podría perjudicarle si llegara a saberse. Este disgusto contribuyó a que no quisiera quedarse en el país y a alejarle por siete años.
Desde su llegada, Fernando visitaba poco a la madre, no obstante que ella estuviera enferma, con las piernas paralíticas. Aquella mulata siempre junto a Aquilina, testigo inevitable de sus conversaciones, le repugnaba. Una vez quiso echarla, pero Aquilina le rogó por favor que no lo hiciera. Además, la mulata no precisaba de la autorización de Aquilina para quedarse. La dominaba enteramente, era dueña absoluta de su voluntad. Manejaba el dinero de Aquilina, la cuidaba y acompañaba fraternalmente, de igual a igual. Aquilina adoraba a su hijo, pero, como la mulata le tenía odio, no pudo impedir que le demostrara mala voluntad y le alejara de la casa. Pero Fernando no dejaba por esto de visitar a su madre. Lo que hacía era llevar libros o diarios y leerlos, ya que allí de nada se podía hablar.