Con semejantes ideas la educación de su hija debió resultar un desastre. Fernando,—que desde los ocho años fué interno en un colegio, pasando con su madre sólo las vacaciones y que a los quince fué separado de ella por su padre para que viviese solo, lejos de ese ambiente detestable,—se interesó muchas veces por la educación de Eugenia. Aconsejó a su madre que la mandara a la escuela y le prohibiera ciertas amistades. Pero Aquilina le contestaba invariablemente:
—¿Para qué? ¿Qué va a sacar con eso? Yo no he estudiado y bien feliz que soy. Yo sé lo que hago y nadie tiene que meterse en estas cosas. Ella estudiará si le gusta.
Eugenia tuvo, pues, a la calle por principal maestra. Pasábase el día con otras chicuelas en la vereda o en los balcones, cambiándose miradas amorosas con los muchachos. Eugenia, con su cuerpo elegante y sus bellos ojos negros, fué deseada por innumerables hombres, algunos de los cuales llegaron hasta besarla por la fuerza. A los quince años sabía cuanto hay que saber. Claudio Monsalvat apenas se preocupaba de su hija, parte por considerarlo inútil, y parte porque tal vez dudaba de su paternidad. En la época del nacimiento de Eugenia, Claudio sospechó de la fidelidad de Aquilina; pero por no hacer cuestiones y porque Aquilina era la madre de Fernando, aceptó el presente que le ofrecían.
Cuando Eugenia tuvo veinte años se corrigió un poco de su haraganería. Hasta intentó emplearse en una tienda. Pero Aquilina se opuso, diciéndole que ganaría una miseria, que se mataría de trabajo y se envejecería y que podría perjudicar a su padre y a su hermano. El deseo de Aquilina era que Eugenia encontrase un hombre que la quisiera y le pusiese casa. Comprendía que su hija no podría casarse sino con un obrero o un inservible, y prefería un acomodo de ésos, que ella consideraba como cosa natural y que miraba sin el menor escrúpulo. Aquilina no era por ello una mujer abominable; deseaba para su hija su propia situación y la de su madre, que ella reputaba excelentes. Creía románticamente en los amores eternos, en la fidelidad, en las promesas de los hombres. A su hija no le declaró nunca sus intenciones, ni menos a su amante ni a su hijo, pero Eugenia las adivinó.
En la casa vecina moraba una familia principal y rica. Uno de los muchachos la comía con los ojos a Eugenia y le demostraba sus deseos mordiéndose el labio inferior y entornando los ojos. Pero no se animaba a hablarla, tal vez por temor a Fernando, que en aquel tiempo visitaba a su madre dos o tres veces por semana. Un día, Aquilina le dijo a Eugenia, con un tono que revelaba un propósito inconfesable:
—A ver si te lo pescás, pues, al muchacho ése. ¡Es rico y tan buenmozo!
—Pero mamá; ¿cree que él puede casarse conmigo?
—No sé, eso se verá después. En todo caso, si es serio, fiel, cariñoso, no importa que...
Se detuvo, al notar el disgusto y la tristeza en los ojos de su hija. Porque Eugenia, aunque parezca raro, era en el fondo honesta. Anhelaba encontrar un hombre que la quisiera y que se casara con ella. Pero por lo que había oído a la madre, creía que a los hombres era menester atraerlos y "pescarlos", y de ahí las miradas y las coqueterías con todos los muchachos y las concesiones que les hacía o estaba dispuesta a hacerles.
Por aquel tiempo, Aquilina tomó a su servicio a la mujer que desde entonces, durante diez años, la acompañó. Era una mulata jacarandosa, sensual, bien parecida, de grandes ojos y gruesos labios. Se llamaba Celedonia y tendría unos cuarenta años. Daba que hablar a todo el barrio, y hacía entrar de noche a sus amantes en la casa. Fernando, aun ignorando este pormenor, quiso que su madre la echara; pero su empeño fué inútil. Para Aquilina, Celedonia no era una sirvienta sino una compañera, la más divertida de las compañeras. Le llevaba todos los chismes del barrio: las trampas de los que pasaban por ricos, las peleas entre maridos y mujeres, los amoríos pecaminosos de las señoritas y los de las sirvientas, las "cosas" de los señores, los vicios de cada cual. En Carnaval se disfrazaba y concurría a los bailes del teatro Victoria, donde se encontraba con otras gentes de su raza. Volvía a la casa medio borracha, al día siguiente, y luego se pasaba la tarde contando a su patrona cuanto había visto. Para Aquilina, los relatos picarescos y un poco obscenos de Celedonia significaban una ventana abierta al mundo de la vida alegre. Reía como una loca al oir las zafadurías de la mulata. Gozaba con aquellas descripciones de cosas para ella inaccesibles, y se dijera que envidiaba la felicidad de Celedonia. Su hija solía escuchar a veces los cuentos de la mulata sin que a la madre se le ocurriese hacerla retirar.