Monsalvat no quiso oir más. Ruiz de Castro seguía dando bromas a la gordita. Monsalvat continuó en el pequeño grupo. Cerca de él, Ercasty y dos amigas despellejaban a una joven dama de gran belleza. Ercasty la acusaba de tener un amante. Furioso y justiciero, decía que esa mujer ofendía a la sociedad y que era un deber higiénico rechazarla, hundirla. Sus vecinas aprobaban, por fórmula. Monsalvat, que sabía las infamias del marido de la criticada, su abandono del hogar, sus borracheras, sus trampas, encontraba humano y lógico que esa mujer amase a otro hombre. Lo que no comprendía era la indignación de Ercasty. ¿Por qué se convertía en abogado de la sociedad con tanta furia? ¿Qué ídolo monstruoso era la sociedad, que exigía el sacrificio de los ensueños de amor, de los instintos naturales, de la necesidad de cariño? ¿Qué ídolo monstruoso, venerado tan absurdamente por hombres cultos?

¿Qué le quedaba a Monsalvat por hacer allí? Sentíase desdeñado. Estaba de más, no era aquél su sitio. Se despidió de los dueños de casa y se fué. En la calle, el aire de la noche despejó su cabeza. Se encontraba aturdido, aplastado, medio enfermo. Caminó a pie largo rato y se serenó. Pensó que por última vez en su vida había visto una imagen del mundo de la injusticia. Su ruta se había definido ahora enteramente. El bien estaba allá abajo, y la única ocupación de un hombre digno y bueno era luchar por los oprimidos. Sí, él daría su vida y el poco dinero que le quedaba por los tristes de la tierra. ¿Le creían vengativo? Él bien sería su venganza.

Llegó al hotel a las doce. Sentíase disgustado otra vez de sí mismo.

Se quitó el frac, lo arrojó al suelo con desprecio y se puso a pensar en Nacha. ¿Por qué le echó de la casa, después de haber aceptado sus palabras y de haberle referido su lamentable historia? ¿Se habría enamorado él de Nacha? ¿Sería el amor hacia ella lo que le llevaba a las actitudes de esa noche? ¡Ah, Nacha, Nacha! ¡Qué no daría por verla, aunque fuese por un milésimo de segundo!

Cuando salió de su ensimismamiento vió sobre su mesa una carta. Era de su madre. Decíale que estaba enferma, gravísima, y que sentía venir la muerte. Le rogaba que fuera a verla, apenas recibiera la carta. Unos segundos después, un auto, llevando a Monsalvat, volaba hacia la casa de la enferma.

VII

La madre de Monsalvat, Aquilina Severín, vivía en el cuarto piso de una casa de departamentos, frente al Parque Lezama. Aquilina fué en su juventud muy bonita, pero ahora, a los sesenta años, no guardaba ni rastros de su belleza. Era hija de unos modestísimos comerciantes franceses, y trabajó en una casa de modas de la calle Florida. Un día la encontró en la calle el padre de Fernando, que la siguió, la enamoró pacientemente después y llegó a seducirla. Aquilina tenía veinte años cuando nació su hijo. Poco después, su amante, Claudio Monsalvat, se casó con una niña de su condición social, pero esto no fué obstáculo a que pasara una pensión a Aquilina y a que la visitase de cuando en cuando. Las visitas terminaron con una reanudación de las relaciones, y diez años después de Fernando nació Eugenia. Claudio había escriturado una propiedad a nombre de Aquilina, pero dejó el mundo sin testar a favor de sus hijos naturales. Aquilina quiso que sus hijos interviniesen en la testamentaria, trató de pleitear con la familia legítima de Claudio, pero Fernando, que estaba entonces en Europa, se opuso enérgicamente. Aquilina vivió de los doscientos cincuenta pesos que rentaba su propiedad, hasta que después de la muerte de Claudio la vendió, mal aconsejada por un procurador del barrio. El producto de la venta aprovechó a diversos vividores, y Aquilina se quedó en la calle. Su hijo la sostenía ahora.

La madre de Fernando era una infeliz. No había mujer más crédula e ignorante. Apenas sabía leer: sólo cursó tres grados de la escuela primaria. Las comodidades de que la rodeó Claudio fueron para ella el máximo de la felicidad. Se creyó una gran señora, digna de merecer las envidias de todo el mundo. Sus padres no habían sido casados, de modo que ella no tenía las preocupaciones corrientes respecto al matrimonio. Como los franceses, consideraba el amor y todo lo relativo a este sentimiento con un respeto sagrado. Pero no era muy exigente en la calificación del amor, dándole muchas veces este nombre a lo que sólo era instinto o placer.