—¿Están arreglando el mundo?

—Es Monsalvat que se ha vuelto un anarquista peligroso.

—No hay nada tan peligroso como el decir la verdad—sentenció Monsalvat.

—Pero más peligrosos que la verdad suelen ser los soñadores, ¿no es cierto?—dijo Ruiz de Castro, dirigiéndose a la gordita.

—Claro. Y si no, vea lo que ha dicho Monsalvat de esas mujeres. Por poco no ha dicho que yo tengo la culpa de que... de que ellas se... en fin, ya me entienden. ¡Demasiado entienden ustedes de estas cosas! Yo creo que a esas infelices les falta temor de Dios. Antes que dedicarse a esa vida, debieran pedir limosna, colocarse como sirvientas, recurrir a tantas sociedades caritativas, irse a la cosecha, ¡qué sé yo! Trabajo no puede faltar. Lo mismo que los hombres. En lugar de hacerse anarquistas o socialistas o andar de huelga en huelga, debían conformarse con la voluntad de Dios, resignarse con su suerte. ¡Qué se ha de hacer!

—¡Es cierto!—exclamó Isabel, arrastrando las últimas sílabas, como muy impresionada, y con la convicción de quien ha encontrado un argumento definitivo.—¡Es ciertísimo! ¿Por qué hacen huelgas? Es mal hecho, eso.

La gordita, después de un profundo suspiro, agregó con acento melancólico:

—¡Cada uno debe aceptar el lote que le toca en la vida!

—Cuando es el suyo—dijo Ruiz de Castro sonriendo,—se puede pensar así. Pero yo, en vez del lote suyo, preferiría el que le ha tocado a su marido.

—¿El mío?—exclamó ella, sin darse por aludida.—¡Pero si nosotros somos casi pobres! No diré que estemos en la miseria, pero fuera del sueldo de mi marido como diputado, no tenemos sino unas rentitas insignificantes y una estancia aquí cerca de Buenos Aires. Y sin embargo, no me quejo de mi suerte. Otros tienen millones... Y bueno: no los envidio, y me conformo con la voluntad de Dios.