—A todos los gringos huelguistas y perturbadores,—dijo el médico, bufando de enojo,—y a los malos argentinos que los seguían, yo, de ser gobierno, los hubiera fusilado en la Plaza de Mayo. Hubiera sido un espectáculo interesante.

Monsalvat ya no podía continuar escuchando. Una violenta indignación comenzaba a hacer temblar todo su ser. Él, habitualmente sereno, tranquilo, sin odios para nadie, hubiera acogotado a aquel miserable que hablaba de fusilar en masa al pueblo. Ahora ya no dudaba de que todas aquellas gentes eran sus enemigos. Veía en ellos a los representantes de sus viejas ideas, de esas ideas que ahora execraba. Leía en sus rostros la satisfacción insolente de vivir, la afirmación del egoísmo más inhumano, el espíritu de iniquidad; la hipocresía, el orgullo, la carencia de simpatía humana. Para Monsalvat no había en aquellas vidas sino mentira. Esos hombres y esas mujeres no tenían una existencia propia: vivían para los demás, pensando en los demás, con la moral, el criterio, la estética, todas las ideas de los demás. Eran mentira sus opiniones, mentira sus sentimientos, mentira sus gustos, mentira su amor y su odio. Habían tomado la vida como una gigantesca farsa. Ninguno pensó jamás en vivir sinceramente, en buscar un significado a la existencia. Con su filosofía acomodaticia, con su economía política infame, con su caridad hipócrita, ellos,—es decir, la sociedad, los bienhallados, las clases dirigentes,—eran los culpables de que tantos desgraciados padeciesen hambre, los culpables de la vida de Nacha, los culpables de todos los dolores que amontonaba sobre el mundo la Injusticia Social. ¿Cómo era posible que hubiese necesitado llegar a los cuarenta años para comprender todo esto? ¿Cómo era posible que durante una hora que llevaba sentado allí, hubiese olvidado sus sentimientos de la tarde? No se arrepentía de haber asistido a aquella comida, pues ahora ya no dudaría nunca de cuál era su lugar. Él tenía que estar frente al orgullo, frente a la mentira, frente a la maldad. Todos aquellos compañeros de mesa eran instrumentos de la Injusticia Social y había que terminar con sus privilegios, con sus ideas, con sus sentimientos. Había que imponer a la fuerza, aunque fuese a sangre y fuego, el mutuo amor de los hombres. Había que enseñar a esos hombres que se dicen cristianos cómo debemos amarnos los unos a los otros. Y mientras los observaba y los oía, decíase, recordando las palabras que le salieran del alma en su diálogo con Torres, que era necesario destruir, destruirlo todo, de arriba a abajo, para edificar un mundo nuevo.

¿Y sus dos vecinitas? Aquellas criaturas resultaban para él dos instrumentos del mal, dos monstruos de egoísmo, dos almas vacías, dos seres sin corazón. Una, el egoísmo del placer; otra, el egoísmo de una casta. Monsalvat veía que no pensaban sino en ellas: en sus fiestas y en sus vestidos, en sus lecturas y en sus cortejantes, en sus vicios o en sus prácticas religiosas y sociales. Para ellas el mundo estaba bien como estaba, y todo podía continuar del mismo modo hasta la consumación de los siglos. Ninguna aspiración fuerte y espontánea al bien de los demás, ningún acto para remediar los sufrimientos de los que allá abajo se retuercen en la angustia. Personitas de biscuit, nacidas para adornar la sociedad en que viven, no querían conocer sino el buen lado de la vida. Alguna vez, en el teatro o en un libro, tuvieron noticia de la cruel tragedia de los ínfimos; pero se apartaron con desagrado, porque aquello no era para sus almas frágiles y aristocráticas. Monsalvat asombrábase de cuánta ignorada y cuánta inconsciente maldad significaba esa actitud ante la vida de los otros, y pensaba en el clamor que va ascendiendo y ascendiendo y llenando colosalmente el ámbito de las ciudades y que un día, tal vez muy próximo, estallará en venganzas formidables.

Pero al mismo tiempo, Monsalvat pensaba si todas sus opiniones y sentimientos no serían obra de su condición de hijo natural. Seguramente que sus enemigos lo creerían así. Dirían que él era un amargado a causa de su bastardía, un vengativo que culpaba del gran pecado de su madre a los demás y a la sociedad. ¿Y sería así, en efecto? No, no. Había una justicia por encima de todas las razones humanas, y esa justicia, independiente de los agravios personales y de los propósitos de venganza, condenaba la Iniquidad y había decretado—¡no podía ser de otra manera!—si bien para un día lejano, el fin de todo aquello que él odiaba.

Por fin, cuando ya no pudo soportar más lo que oía, cuando ya no pudo detener más aquello que quemaba en su interior y que salía en llamas a los ojos, habló. Produjo asombro. Ruiz de Castro, que le sabía tímido, enemigo de atraer la atención, le miraba estupefacto. El médico estallaba en pequeños movimientos de indignación, y pretendía interrumpirle. Isabel parecía encontrar razón a Monsalvat, pero dominaba sus impresiones, no sabiendo si aquello que oía sería contra la religión. Elsa gozaba como de un pecado exquisito, gozaba de aquella emoción nueva, y contemplaba sonriente y voluptuosamente ingenua a Monsalvat.

¿De qué hablaba Monsalvat? De la horrible desigualdad social. De que unos tengan millones mientras otros no tengan para comprar pan. De que unos vivan en palacios colosales, con parques magníficos, mientras allá en el inmundo, en el oscuro, en el frío cuarto del conventillo se amontonan en promiscuidad monstruosa diez seres humanos. De que a unos les sobre de todo: bienes, comodidades, placeres, cultura, educación; y que ese sobrante no sea para nadie, que no vaya a los que carecen de todo. De que unas mujeres posean docenas de trajes y collares de diez mil pesos y todo el lujo y todo lo innecesario, mientras otras pobres mujeres deben vender su cuerpo, entregarse al que pasa, perder su vida, su salud y su alma, para poder vestirse y comer.

—¿Y por qué no trabajan?—interrumpió colérica la gordita, que había escuchado espantada a Monsalvat.

—Porque no les dan trabajo, señora. Porque los ricos prefieren comprarlas. O porque el trabajo, tal como ahora se halla organizado, es otra iniquidad que mantenemos egoístamente. ¡Yo no sé cómo todo ese mundo de abajo no ha venido todavía a exterminarnos, a degollarnos en masa! Es la justicia que merecemos. Viene con lentitud, señora, pero ya llegará. Vaya preparando usted un lindo escote para ese día. Donde ahora siente el calorcito de las perlas, sentirá el filo de un sable...

Protestas e indignaciones. Elsa rió y aplaudió, divertidísima. Isabel se convirtió en enemiga de Monsalvat. Todo aquello, según ahora comprendía, estaba en contra de lo que opinaban los Padres. ¡Qué horror! La gordita le llamó a Monsalvat anarquista, asesino y enemigo del orden.

Se habían levantado de la mesa y se distribuían en pequeños grupos. La gordita parecía empeñada en discutir con Monsalvat. Ruiz de Castro se acercó sonriendo.