—Si el teatro y el libro no las enterasen...—empezó Monsalvat, pero varias voces le cortaron la palabra, entre otras la del médico Ercasty, quien refunfuñaba y cambiaba signos de inteligencia con otros, indicando a Monsalvat mediante rápidas miradas.

La voz de la gordita predominó.

—¿Y para qué quiere que nos enteremos, Monsalvat? Yo no necesito enterarme. Que cada cual se arregle como pueda. Cuando yo tengo mis pesares, y creo que todos los tenemos alguna vez, no voy a contárselos a nadie; de modo que tampoco es justo que me obliguen a mí a sufrir con las penas de los otros. Además, no se trata de penas morales, sino de odios, crímenes, insultos a la sociedad. Si hay gentes que tienen hambre, que trabajen; pero yo no quiero ir al teatro para enterarme de cosas que no me interesan y no puedo remediar. Menos quiero ir para que me echen la culpa. El otro día he visto una pieza imposible: La fille Elisa. Pocas veces he estado más disgustada. ¿Qué tenemos que ver nosotras con esas mujeres? No, no, Monsalvat. Usted defiende malas ideas.

Ercasty tendió la mano a la gordita y la felicitó. Luego pretendió burlarse de Monsalvat, diciendo que le habían hundido. Ercasty era médico, pero nunca ejerció su profesión. Ocupaba un alto cargo administrativo. Tenía cuarenta años, un vientre bastante pronunciado e ideas ultrarreaccionarias. Muy inteligente, solía manejar ciertas armas poco comunes en la sociedad argentina, como la paradoja, la ironía, el sarcasmo. Pero siempre que no le tocasen a él. Cuando le herían se exasperaba violentamente. No transigía con la democracia, con el liberalismo ni menos con el espíritu individualista. Tenía el culto de la Sociedad. Vivía según las ideas de la sociedad, los sentimientos de la sociedad. Una opinión contraria a los hábitos sociales, a las ideas sancionadas, le parecía un delito. Fué muy amigo de Monsalvat, hacía años, cuando Monsalvat, en aquellos artículos de La Patria, que la sociedad aplaudía, justificaba con talento y erudición las iniquidades que suelen justificar los diarios, las gentes distinguidas, los escritores exquisitos y esos buenos católicos que interpretan las doctrinas de Jesús a la medida de su satánico egoísmo. Ahora Ercasty odiaba a su antiguo amigo.

—No se convierta en abogado de esa gente, Monsalvat, ¡por Dios!—exclamó la gordita.

—¿De qué gente?

—Pero de la chusma, de la gente mal, del pueblo, como dicen ustedes...

—¡Del pueblo soberano!—agregó Ercasty con desprecio.

—No los defienda—continuó la dama.—Ya ve lo que quisieron hacer en Mayo. Vienen al país una infinidad de extranjeros distinguidos, de embajadores, de señoras, hasta personas de la alta nobleza europea. ¿Y qué se les ocurre a esa gente? Vengarse de su haraganería, perjudicar a su patria, haciendo fracasar las fiestas. Una infamia, no me diga. ¿Qué hubieran dicho esos extranjeros ilustres? ¡Y aprovecharse de un momento como ése para conseguir ventajas! No tiene nombre, Monsalvat, no tiene nombre.