La vecina de la izquierda, Isabel, tenía una inteligencia vivaz y carecía de encantos físicos. Aquella noche, sin embargo, estaba realmente agradable. Sabía sacar partido de sus pequeñas ventajas, sobre todo de sus ojos: ágiles, simpáticos, confiados, interrogantes y siempre prontos al azoramiento. Su cara era demasiado larga, su boca demasiado grande. Tenía dientes feos, pero no los ocultaba. Al contrario, como era hábil en el arte de reir—una risa joven, sana, sin malicia, sin maldad—los mostraba a cada rato. Su temperamento y sus ideas se oponían con singular evidencia a los de Elsa. En Isabel dominaba el espíritu tradicional, la antigua familia de remota alcurnia española, el cristianismo, mientras Elsa procedía de las nuevas familias, del espíritu moderno, pagano y cosmopolita, de la actual Buenos Aires. Al contrario de Elsa, Isabel era toda ilusiones y entusiasmo. Discutía con exaltación, apasionadamente. No sospechaba el verdadero espíritu de Elsa, y cuando oía hablar de ella reía, un poco asustada y un poco avergonzada. Juzgaba al mundo muchísimo mejor de lo que era. En su trato con los hombres, sólo se interesaba por los solteros. Pero la idea de casarse ella, le aterraba, la hacía enrojecer. No sospechaba las injusticias del mundo. En todo caso, creía que los pobres debían resignarse. Tenía un respeto supersticioso por los sacerdotes, cuyas palabras, de cualquier tema que se tratase, eran el Evangelio para ella; y los imaginaba perfectos, santos, absolutamente puros.

La conversación entre Monsalvat y las dos muchachas había sido insignificante. Elsa pretendía hacerla entre ambos más íntima, según acostumbraba con todos sus interlocutores. Pero él huía. Más bien hubiera hablado con Isabel. Pero, ¿comprendería Isabel sus inquietudes, ella que, educada en un medio dogmático, jamás debió dudar de nada? Desentendido casi en absoluto de sus vecinas, hablando con ellas poco menos que maquinalmente, atendió a algo que decía una joven dama, sentada frente a él. Era una gordita bastante graciosa y letrada, charlatana, criticona. Hablando de teatros, dijo:

—¡Ah, pero al Odeón no se puede ir! No se puede ir sino a las noches blancas. No es que a mí me guste tanta blancura. ¡Qué esperanza! Pero es un horror las piezas que dan esos franceses... No se ve en el escenario sino gente mal... Es una ofensa la que hacen a los abonados, obligarlos a oir dramas entre obreros, atorrantes, ladrones, ¡toda la chusma, en fin! Yo no sé para qué dan esas piezas...

Isabel, como casi todas las personas que oyeron, aprobó. Elsa miró a Monsalvat de reojo y le sonrió. Monsalvat había sentido una fulminante indignación contra aquella joven dama que mezclaba a los ladrones y a los obreros y que no quería saber nada de las miserias humanas. Tuvo en los labios una frase, pero pensó caer en ridículo y se la guardó.

—Dígale lo que piensa. Debe decírselo—dijo Elsa.

Entonces Monsalvat, sintiendo que tenía el deber de hablar, adelantó el busto hacia adelante y contestó a la gordita:

—Señora... esas piezas se dan para ustedes. Es la única forma de que ustedes, las señoras elegantes y distinguidas, adquieran alguna noticia de los grandes sufrimientos humanos.

—¿Y a qué fin oir miserias?—exclamó la cristiana Isabel.—Una va al teatro a divertirse...