VI

Monsalvat no se explicaba cómo, después de los acontecimientos de la noche anterior y de aquella tarde, podía encontrarse en el palacete de Ruiz de Castro, comiendo en compañía de personas mundanas. Parecíale que se traicionaba a sí mismo, que no era fiel a su transformación espiritual. ¡Y qué abismo entre la vida dolorosa de Nacha y la vida feliz de las lindas mujeres que le rodeaban! ¡Y qué abismo entre su diálogo atormentado, trágico, sufriente con la pobre muchacha y las conversaciones, elegantes y risueñas, que burbujeaban en aquella mesa aristocrática!

Era curioso que el contacto con la realidad le hubiese hecho olvidar sus sensaciones pasadas. Sólo tenía en este instante una vaga idea de cuanto sufriera y de cuanto le aconteciera. Pensaba haber vivido horas de exaltación, tal vez de alucinante delirio. Pensaba haber vivido horas de obsesión, dominado por un poder extraño, sin advertir la existencia de las cosas que le circundaban, ajeno en absoluto a lo que no fuesen sus preocupaciones.

Había salido de la casa de Nacha en un estado que no podía definir, y en el que se mezclaban la excitación, la desesperación, el sufrimiento, la lástima de Nacha y de sí mismo, y el fastidio contra sí mismo. Anduvo vagando por las calles hasta que, un poco tranquilizado, acudió al Ministerio para informarse del empleo que le ofrecieron y buscar distracción. Allí encontró a Ruiz de Castro, que le invitara hacía días para una comida en su casa y que le exigió su presencia. No se negó. ¿Por qué negarse? ¿Iba acaso a abandonar la sociedad para siempre? Y ahora estaba allí, rodeado de mujeres elegantes y de hombres de mundo.

Ruiz de Castro, ex-condiscípulo de Monsalvat, era un hombre extremadamente amable. Su ocupación principal consistía en hacerse simpático a todos: viejos y niños, hombres y mujeres. Tenía un aire a la vez donjuanesco y algo afeminado, unos grandes y bellos bigotes, un cuerpo erguido. Llevaba altos cuellos, las más ricas corbatas, anillos magníficos. Jamás se le vió con un traje que no pareciese recién llegado de la sastrería, y no dejaba los guantes ni en los más terribles días del verano. Dueño de una pequeña fortuna, se había casado con una viuda millonaria, y daba comidas y pequeñas reuniones, donde congregaba a personas de la más alta sociedad. Abogado, famoso causeur, muy inteligente. Leía mucho, entendía en cosas de arte y considerábase muy por encima de su medio. Sus invitados eran todos hombres de positiva cultura: médicos y abogados prestigiosos, profesores universitarios, políticos de talento, algún literato. Ellos y sus mujeres, amateurs en arte, gustaban hablar de cuadros y esculturas, de música y de versos. Naturalmente, lo argentino para nada se tomaba en cuenta. Aquella noche se discutió sobre Zuloaga, cuyas obras de la Exposición Universal apasionaban a los artistas y a los diletantes; sobre Rodín; sobre la música de Debussy y de Strauss. Las mujeres parecían tener mayor conocimiento y sensibilidad que los hombres. De las diez que allí había, todas elegantes, todas bellas, todas inteligentes—¡eran argentinas!—una escribía con real talento, si bien no publicaba; otra conocía el arte y la literatura de Francia mejor que la mayoría absoluta de los escritores argentinos; y otra, una muchacha, vecina de Monsalvat, había hecho estudios filosóficos, siguiendo en París los cursos de Bergson.

Monsalvat juzgábase un extraño en este ambiente. A algunas de las jóvenes damas no las conoció hasta entonces, si bien tenía relación con los maridos. Su presencia allí era debida al cariño que sentía por él Ruiz de Castro. Su amigo que, como buen argentino, y sobre todo como buen porteño, admiraba ingenuamente el éxito, se habituó desde la Facultad a considerar como un ser excepcional a aquel muchacho que obtenía la más alta clasificación en sus exámenes, que daba en clase eruditas conferencias y que iba a merecer la medalla de oro. Ruiz de Castro, además, veía en su amigo el prototipo de la distinción. Le encantaban los modos absolutamente naturales y sencillos de Monsalvat, su accionar sobrio y elegante, y aquél su deseo de no llamar la atención, ni por el vestir ni por el hablar, cosa que no era en él buscada y que le preocupase en todo momento, sino algo espontáneo y oportuno. Ruiz de Castro fué quien más contribuyó a vincularle en la sociedad. Le obligó a entrar en el Jockey; y le hacía invitar a bailes, seguro de que Monsalvat no haría jamás un mal papel y deseoso de que la sociedad reconociese el valor espiritual y personal de su amigo. Pero Monsalvat amaba demasiado la modestia y tenía un temor del ridículo que llegaba a lo enfermizo. En el horror de "estar mal" o de llamar la atención, callaba sus opiniones, por interesantes que fuesen. Reservado y desconfiado de sí y de los demás, nunca dejaba ver el fondo de su alma. No fué, pues, conocido y apreciado sino de algunos íntimos y de las mujeres que le quisieron. Para éstos era un espíritu profundo, noble, generoso; un ser sin ambiciones, modesto y sencillo; un hombre de vida interior y de muy fuerte cultura. Para los demás, era un individuo gris, monótono, poco interesante.

Los temas de la conversación separaban a Monsalvat de sus compañeros de mesa. Jamás le atrajo el arte, y de literatura conocía muy poco. Había leído enormemente; pero novelas, versos, crítica, sólo por rara excepción. Así es que cuando aquellas mujercitas se extasiaban ditirámbicamente hablando de Chabas o de Loti, él se sentía fuera de lugar y hasta se avergonzaba en su interior.

Monsalvat no pensaba ni quería pensar en nada de lo que le apasionó durante la tarde y la noche antes. La actitud de Nacha, arrojándole de la casa, le había humillado y le había hecho desear la normalidad. Se creía un estúpido, y veía que era inútil pretender regenerar a esas mujeres. Tampoco se acordaba de su hermana ni del Pampa Arnedo, ni de su conversación con Torres. Parecíale que el frac contribuía a hacerle olvidar todo eso y que le revestía de egoísmo y de superficialidad.

En su condición de soltero, uno de los dos únicos en aquella reunión de jóvenes matrimonios, Monsalvat había sido colocado entre las dos únicas "niñas", como se llama absurdamente aquí a las muchachas. La de su derecha, Elsa, era una criatura deliciosa, rubia, virginal, de una frescura adorable. Sus hombros un tanto angélicos dábanle cierto aire ingenuo, de pintura boticceliana, que no estaba de acuerdo con las rosas ardientes de sus mejillas y sus labios. Pero, al revés de las pinturas primitivas, no había en sus líneas nada de anguloso ni de rígido. Las curvas de su cuerpo, la caída de sus hombros, el corte de su cara, la forma de su nariz y de su boca, eran de líneas suaves, tendiendo a la redondez. Al hablar hacíalo con una candidez encantadora. Monsalvat la conoció en París, hacía cinco años. Allí pasó ella largo tiempo y allí se educó. Poco antes de llegar a Buenos Aires había seguido los cursos filosóficos de Bergson. Tenía un singular conocimiento de autores y de libros. Monsalvat, en París, había vivido en el mismo hotel que ella, y una vez que entró en su departamento vió con asombro que la virgen boticceliana leía el Satiricón de Petronio, las novelas de Willy y otros libros igualmente cándidos. Tenía veinticinco años de edad y varios centenares de adoradores. Gustaba enamorar a los hombres. Sus grandes y trasparentes ojos azules, de una belleza extraña, miraban de tal modo que no había un sólo hombre capaz de resistir a su encanto. Les sonreía maliciosamente, les alababa su talento o su distinción y aun su belleza. Escuchaba, sin turbarse ni alterarse, las mayores enormidades, que ella solía provocar. Nunca se comprometía excesivamente de palabra, pues todo cobraba en sus labios un tono candoroso. Se la criticaba mucho. Elsa se azoraba discretamente cuando una crítica llegaba hasta ella, y sonreía para mostrar la poca importancia que concedía a esas cosas. No tenía ilusiones respecto al amor y al matrimonio. Como no sentía el amor, no creía en él. Y el matrimonio le interesaba poco. ¿Qué idea podía tener del matrimonio, ella que veía a todos los maridos, aun los que pasaban por ejemplares, hacerle el amor apenas los provocaba y hasta perder la cabeza y cometer tonterías? Juzgaba el mundo peor de lo que era, al través de las novelas francesas y de las cosas que le contaban algunos amigos, por el placer enfermizo de decírselas a una mujer. Veía en todas partes el instinto, la perversión. Era que ella no había inspirado nunca un sentimiento verdadero y noble, y no lo advertía a su alrededor. Y en cuanto a sus amigas, interesábase tan poco por ellas que jamás les preguntaba sus intimidades sentimentales. Despreciaba en el fondo a las mujeres, y las encontraba infelices cuando hablaban del amor de sus novios o de sus maridos. Ella sabía a qué atenerse, al respecto. En más de una ocasión, después de oir alabar a alguna la fidelidad de su marido, ella buscó hablar aparte con el modelo de fidelidad, y en menos de media hora, previas algunas miradas, Elsa lograba que él le pidiese una cita o por lo menos que quisiera tomarle una mano. Monsalvat había tenido con ella diálogos audaces. Pero ahora, en plena crisis de su conciencia, en pleno despertar de su alma, no hubiera podido, no hubiera materialmente podido, renovar aquellas conversaciones.